domingo, 5 de junio de 2022

sueño perdido de una noche de febrero


Abro los ojos y medio miro el reloj en la mesita de noche. Son las cuatro de la mañana y me duelen los ojos, me duele el cansancio, me duele pensar levantarme de la cama, me duele imaginarme las rutinas que deberé seguir: picotearme un dedo, medirme la glucosa, darles comida blanda a los gatos, ponerme mi ropa para correr, salir a correr... El frío inunda la estancia como la caricia de una muerte chiquita, y las ganas de orinar se han vuelto insoportables. La punzada de la necesidad de orinar surca la entrepierna como un trasatlántico, y se convierte en una sensación primordial y captura toda mi atención. 

El frío que inunda la estancia me sacude el cerebro, como cuando alguien te arroja a una alberca con el agua helada o como cuando alguien te golpea la cabeza y ves estrellitas durante algunos segundos. Siento que el frío anida en mi piel como el huevecillo de un virus letal, y me resulta imposible ignorarlo. 

Bostezo y tomo la decisión más difícil del día: levantarme de la cama, ir a orinar al baño y ya no volver a acostarme. Hay cinco minutos en los que podría quedarme en la cama y volver a soñar, o levantarme de la cama y condenarme a hacer las cosas que hago todos los días y volver a la cama rendido hasta las 10 de la noche y leer o ver alguna serie en Netflix y quedarme dormido a las 11 ó 12 de la noche. 

Pongo un pie fuera de la cama y lo dejo caer en el suelo. Siento la textura del tapete y el contacto es tan suave y reconfortante que me pregunto si podría aguantarme las ganas de ir a orinar unos minutos más, pero mi vejiga dice ¡NO! Así pues, dejo caer el otro pie al suelo y, finalmente, me incorporo de la cama. 

Me calzo los Vans viejos que se han convertido en mis pantuflas y mientras camino hacia el baño y el calambre trasatlántico en la entrepierna me duele como una marca de hierro incandescente medio recuerdo lo que soñé y no entiendo por qué a veces sueño a personas en las que no pienso en todo el día. También vuelvo a pensar que ya valió madre: que cuando esté orinando y mis ojos y mi conciencia se vayan aclarando, ya no volveré a la cama. Se acabó: soñé las horas que tenía que soñar; dormí las horas que tenía que dormir. Es mi condena. Arrastro esta condena desde hace varios años. 

Todos los días me levanto de la cama en las mismas condiciones que hoy: tengo ganas de orinar o tengo frío, o las dos cosas. El resultado es el mismo: aunque esté somnoliento y vuelva a la cama sintiéndome cansado, incluso después de orinar o de echarme encima un montón de cobijas, ya no puedo volverme a dormir, y permanezco tumbado en la cama buscando en vano una posición adecuada. Transcurren las horas y amanece y yo sigo igual: intentando conciliar el sueño o pensando en tonterías. Ocasionalmente, no tengo ni ganas de orinar ni frío, pero tengo pesadillas horribles y me despierto asustado y ya no puedo conciliar el sueño.

Generalmente, cuando reconozco que no podré volverme a dormir, quiero aprovechar el tiempo y me vuelvo a levantar de la cama y me pongo a escribir tonterías inconexas en alguno de mis blogs o en alguno de los mil y tantos archivos en Word que tengo en espera en alguno de los rincones de las carpetas de la computadora, o me quito la pijama y me pongo mi ropa para correr y les doy sus porciones de Royal Canin a los gatos y hago unas flexiones y salgo a correr treinta minutos. 

Mientras realizo alguna de estas cosas que haya decidido hacer, lucho contra la somnolencia, me abofeteo dos o tres veces y me resigno: sé que es mi condena y que todo el día estaré cansado y somnoliento. Es un círculo vicioso que me hace recordar los problemas de insomnio que tenía el narrador de El Club de la pelea, aunque sé que lo mío no es exactamente insomnio, sino mi incapacidad para mantenerme dormido. 

La orina cae en el water como una lenta cascada, y me alivia tanto como imagino que podrían aliviarme otros quince minutos de sueño profundo, y recuerdo con más claridad el último sueño que tuve. Estaba en un recinto gris que parecía un separo del Ministerio Público, pero había una reunión con ex compañeros de la secundaria. Todos estaban en sus grupitos de entonces, cuando éramos adolescentes e íbamos a la secundaria. Yo me sentía excluido, como entonces, pero más conservado (físicamente) que la mayoría de ellos y trataba de integrarme en sus conversaciones, pero todos me ignoraban. 

Me preguntaba qué demonios hacía allí, en esa reunión, y confundía la realidad con los sueños: en la realidad, en el grupo de Facebook de ex compañeros de la secundaria (alguien lo formó por ahí del 2008), a alguien (¿la misma persona que formó, por ahí del 2008, el grupo de ex compañeros de la secundaria en Facebook?) se le ocurrió proponer una reunión dentro de algunos días. Yo no le encuentro sentido asistir a esa reunión (en la realidad): para empezar, no me gustan las reuniones, ni vivo en la misma ciudad que ellos; para terminar, algunos de mis ex compañeros y yo no somos amigos ni en la realidad ni en la virtualidad de las redes sociales –algunos de ellos, incluso después de haberme enviado solicitud de amistad, de buenas a primeras, me eliminaron de sus contactos en Facebook. 

Me daría mucho gusto ver a algunos ex compañeros con quienes, curiosamente, después de más de veinte años de no vernos y de nunca habernos llevado en la secundaria, he consolidado una relación más o menos estable en Facebook por más de cinco años, pero a esos otros ex compañeros que hasta me eliminaron de sus contactos en Facebook, ¿por qué quisiera verlos?

Esta reflexión me lleva a preguntarme qué los llevó a enviarme solicitud de amistad y luego a eliminarme de sus contactos de Facebook. Vagamente recuerdo que, además de no haber sido grandes amigos –ni en la secundaria teníamos intereses en común; mucho menos ahora–, alguna vez compartí en ese grupo de ex compañeros en Facebook algo que escribí sobre Nirvana en uno de mis blogs –alguien del grupo quería alardear sobre cuánto sabía de rock y de Kurt Cobain, pero se veía a leguas de distancia que era un farsante, y no pude resistirme a la tentación. 

Me sacudo las últimas gotas de la orina y me dispongo a acomodarme el boxer y el pantalón de la pijama, cuando tengo un insight: esa es la razón por la que les caí mal; les parecí un presumido. 

También recuerdo que, en ese mismo blog, hice una especie de crónica medio ficticia y medio autobiográfica sobre una quema del burro en la que uno de estos ex compañeros a los que seguí viendo en la prepa se comportó como todo un ojete. Ese día de la quema, después de que algunos estudiantes y algunos porros detuvieron a un camión de refrescos en una calle cercana a la prepa y se robaron varios refrescos, algunos compañeros y yo nos dirigíamos al metro y en el camino nos detuvo una patrulla y nos llevó a los separos del MP. Nosotros no habíamos hecho nada: ni habíamos detenido al camión de refrescos, ni habíamos robado refrescos. Acaso nuestro máximo delito era vestir fachosos, como vagabundos y punks –íbamos a un concierto de rock a Ciudad Universitaria. 

Fue una experiencia horrible. Los patrulleros nos trataron como delincuentes, nos metieron a un cuarto con narcomenudistas y con delincuentes de verdad, nos hicieron quitarnos cinturones y agujetas... Mientras todo esto pasaba, este ojete ex compañero salía de otro separo del MP con su novia –a ellos también los habían detenido, aunque se veían como 'personas de bien'– y nos miró y nos sonrío, y un sujeto –a lo mejor era su papá– quién sabe qué hizo pero consiguió que a él y a su novia los dejaran ir. Mientras escribo estas líneas, aún recuerdo la sonrisa del ojete ex compañero cuando nos miró. Su mirada decía 'Rásquense con sus propias uñas'. Tal parece que ahora es abogado.

Medio me lavo las manos, me veo de reojo en el espejo del baño y cavilo. Vuelvo a tener un insight y me pregunto si cabe la posibilidad de que los ex compañeros que me enviaron solicitud de amistad en Facebook –¿en el 2008?– y que luego me eliminaron de sus contactos –¿unos meses después?–, hayan leído esta entrada de la quema del burro, hayan atado cabos –cuando escribo esta clase de crónicas medio ficticias y medio autobiográficas, nunca uso los nombres reales de nadie, pero doy pistas– y hayan tomado partido... A lo mejor les estoy dando mucho crédito, y el asunto es más simple: tal y como sucedía en la secundaria, ellos siguen creyendo que no tengo nada interesante que aportarles... o, simplemente, les parezco un presumido.

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