miércoles, 1 de enero de 2020

Odette de Crécy


En mi sueño, tú y yo estamos en un autobús. Estamos sentados en uno de los últimos asientos. Somos los únicos pasajeros. Mientras hablas sin parar, los rayos del sol te dan en el rostro y me permiten percatarme del color de tus ojos. Me sorprende: te conozco desde hace varios años y nunca había notado que son cafés. También me doy cuenta de que uno de tus ojos parece de vidrio –probablemente se deba a que vi The Big Short hace algunas noches y a que el ojo de vidrio del personaje interpretado por Christian Bale me llamó la atención y a que se quedó misteriosamente en mi memoria– e intento mirar a otro lado para no incomodarte.

Colocas brevemente una de tus manos en una de mis piernas y ese breve contacto me hace recordar la manera en que nos conocimos y cuánto me gustabas y cuánto te deseaba y cuánta tristeza me inspirabas. También me hace recordar una ocasión en la que hablábamos antes de una aburrida clase en la universidad. Hacía calor. Debió de ser abril, unos días antes de las vacaciones de Semana Santa. Estaba matando el tiempo, hojeando algunas páginas de una novela que acababa de leer, sentado en el pasto de uno de los jardines de Ciudad Universitaria. Debían de ser las nueve de la mañana. Ibas llegando a la universidad y me viste y me sonreíste y nos saludamos y me preguntaste qué estaba leyendo mientras te sentabas junto a mí. Tenías el cabello húmedo y vestías jeans y una blusa de color púrpura y sin mangas. Tus labios sonrientes eran imposibles de ignorar y era imposible ignorar a lo que hacían alusión, según Konrad Lorenz en El Mono Desnudo

Te veías espectacular y me robaste el aire por algunos instantes en los que te contemplé de pies a cabeza y me esforcé por esbozar una sonrisa para evitar que supieras cuánto me gustabas y para evitar que descubrieras lo nervioso que me ponías y lo fácil que te habría resultado en esa época ejercer un control absoluto en mí. 

Conforme mi mirada llegaba a tu cabeza, me detuve unos segundos en tus pechos. Detrás de la blusa de color púrpura, sobresalían tímidamente tus pezones. Hice un esfuerzo por desviar mi mirada hasta tu cabeza y lamenté no haberlos podido contemplar en secreto unos segundos más. Me forcé a sonreír otra vez, para que no pensaras que era un depravado. Estúpidamente pensé en preguntarte si tenías frío, pero, por fortuna, empleé mi sentido común y me quedé callado. La fugaz visión de tus pezones me excitó y me hizo sentir como un púber descubriendo su propia sexualidad al hojear un ejemplar de Interviú que había ido a parar misteriosamente a su casa y encontrarse en él una fotografía de una mujer con los pechos al aire en una nota que hablaba de las playas nudistas de Barcelona y de las precauciones que debían seguir los bañistas al tomar el sol, y tuve que regresar a la realidad y entonces te dije que estaba leyendo En busca del tiempo perdido y tú me miraste con sorpresa y pasaste disimuladamente una de tus manos alrededor de tus pechos y me hiciste sentir un idiota indiscreto y luego te dije que en ese tomo de la novela emblemática de Marcel Proust que estaba leyendo había una mujer que me hacía pensar en ti y me preguntaste por qué me hacía pensar en ti y te respondí y cuando terminé de explicarte por qué te reíste y me dijiste que no encontrabas la relación entre tú y ese personaje y después me pediste que te hablara del autor y lo hice y te pareció tan interesante que me dijiste que esperabas que te prestara ese libro en algún momento. En ese mismo instante –mientras intentaba apartar de mi mente la sugerente imagen de tus pezones erectos asomándose a través de la superficie de tu blusa y también intentaba desviar de mi mente mis primeros encuentros con el desnudo femenino–, te lo presté. Me preguntaste si ya había terminado de leerlo y te dije que sí y lo aceptaste y lo guardaste en tu enorme bolsa de mano y nos levantamos del pasto y caminamos hacia la facultad. De haber sabido que jamás volvería a ver ese libro, no sé si te lo habría prestado. 

El sueño se queda suspendido en el autobús y el sol reflejado en tu rostro y tú hablándome efusivamente acerca de lo que podríamos hacer si yo dejara a mi esposa y yo continúo recordándote en la vida real. Ahora recuerdo otras conversaciones que tuvimos entre clases y cómo comencé a escribirte cartas y cómo comenzaste a responderlas. Recuerdo que tenías una enorme cicatriz en el brazo derecho y que me contaste que habías tenido un accidente jugando con fuego y que incluso no escuchabas bien y que tu oído derecho estaba un poco dañado y que por esa razón me pedías que me acercara a tu oreja izquierda cuando te hablaba en voz baja.

También recuerdo que casi todas las cosas que me contabas tenían que ver con el desamor. Habías tenido algunas relaciones problemáticas y estabas decepcionada de los hombres. Siempre te enamorabas y te rompían el corazón. Con cierta vergüenza, me confesaste que alguna vez incluso habías pensado en suicidarte. Me asustaba tu fragilidad y enamorarme de ti y terminar haciendo lo mismo que otros hombres. Había algo en ti que me hacía pensar que podías ser posesiva, absorbente y celosa. Teníamos algunos meses relacionándonos y te dije que me gustabas y que me sentía muy bien contigo y que a veces me preguntaba qué pasaría si tú sentías lo mismo que yo. Te sonrojabas y de inmediato cambiabas de tema. Si yo insistía, siempre me decías lo mismo. No querías enamorarte de mí, porque estabas segura de que te rompería el corazón.      

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