viernes, 28 de julio de 2023

las manos quietas


No me gusta tener las dos manos ocupadas, y menos por estar cargando algo que se bebe o que se come, y menos si estoy caminando por la calle. Aprieto la mandíbula y me trago mis pensamientos y mi coraje.

Un tipo que pasa a unos centímetros de mí, me estornuda casi en la cara. Salgo del Soriana. Me compré una botella de Coca Cola. Quiero tomarme un whisky cuando llegue a la casa. 

Subo las escaleras eléctricas, a unos metros del estacionamiento de Town Square. Me acuerdo de ese video viral que me encontré hace tiempo en Facebook en el que, en este mismo estacionamiento, un grupo de adolescentes “se peleaban”. Realmente no se peleaban, hacían como que se peleaban, se daban manotazos y puñetazos “de aire”. Había dos camionetas aparcadas junto a la entrada a Soriana por la que paso mientras asciendo a la plaza, y cuatro o cinco adolescentes se daban manotazos y puñetazos “de aire”, mientras alguien grababa todo con un teléfono celular. Lo que más me llamó la atención del video no fue el bullicio que hacían los adolescentes que “se peleaban”, sino que, de pronto, una chica bajó de una de las camionetas, apenas cubierta con una chamarra y con el trasero desnudo, a gritar y a pedirles que dejaran de pelearse. 

Con una mano sostengo la bolsa con la botella de Coca Cola y con la otra mano sostengo la bebida de Katz –un Lichi Smoothie de Gong cha–, y me pregunto qué estaba haciendo esa chica antes de que comenzara la pelea, y por qué estaba semidesnuda. 

Vuelvo al presente y me siento contaminado por los fluidos del tipo que casi me estornuda en la cara. Él no aprendió nada de la pandemia. Tantos y tantos anuncios –por radio, por televisión, por Internet, en las plazas, en las calles–, y él no entendió nada sobre el estornudo de etiqueta. Nada más de pensar en que nunca me ha dado Covid-19, en que Katz y yo somos unos de los sobrevivientes que nunca se han contagiado, y nada más de pensar que este tipo desconsiderado podría contagiarme, en el lugar más absurdo en el que alguien podría contagiarme, me da náuseas. Durante la pandemia, apenas salí lo necesario; cuando volvimos a actividades y a clases presenciales, en el trabajo, siempre me cuidé, siempre usé mascarilla y me lavé frenéticamente las manos y guardé mi distancia con colegas y con estudiantes. 

Contagiarme aquí, en una plaza, a la que salí nada más para distraerme, sería ridículo. Hoy es sábado 6 de mayo del 2023. En este semana la OMS declaró que ha terminado la pandemia por Covid-19. 

Katz y yo tomamos un Uber de vuelta a la casa. Es un Beat. Apenas meto la cabeza en el auto, el aroma a humedad me da náuseas. El auto huele a mucha humedad. Tal vez el conductor lavó los asientos y no dejó que se secaran. Tal vez algún cliente tuvo un accidente y el conductor tuvo que limpiar los asientos. Tal vez el aroma se debe a otra cosa totalmente distinta, pero, al menos, el conductor no se tardó mucho en pasar por nosotros a Town Square. 

En el viaje de la casa a Town Square, el conductor del Uber sí se tardó en pasar por nosotros. Se me ocurrió pasar al baño y después pedirlo, y tuvimos que esperarlo alrededor de 20 minutos. En otras ocasiones, pido el Uber y después voy al baño y el Uber llega casi de inmediato, y me resulta imposible no pensar en la ley de Murphy.

El Beat, con todo y su penetrante aroma a humedad que me pudre la nariz, recorre Comonfort, pasamos junto al Parque Providencia, y miro mi reloj. Son casi las seis de la tarde. Me siento un poco mal. Tengo una burbuja de aire en el pecho. Katz y yo comimos en un Toks y pedí unos camarones que tenían mucha mantequilla. La pasé muy mal durante algunos minutos, como cuando no podía comer casi nada y casi todos los alimentos y las bebidas me hacían vivir un infierno que duraba varios minutos, antes de que tuviera que pasar por el quirófano y el cirujano tuviera que suturar una parte de mi esófago con una parte de mi estómago. 

El auto avanza y trato de ignorar el malestar que me provocó la comida. Tampoco puedo evitar sentirme consumista y ruin. No me gusta salir a la calle, y mucho menos salir a comprar cosas que no necesito. Preferiría leer y escribir en casa. 

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