sábado, 17 de septiembre de 2022

Soy un ser sombrío, y no puedo escribir cuando ya despertaste


Soy un ser sombrío, lo supe desde que nací una madrugada de diciembre, en un hospital que había sido un convento, cuando mi mamá estaba en su habitación recuperándose y yo estaba en otra habitación con un montón de recién nacidos como yo, cuando ella era poseída por el espíritu de una monja que había fallecido en esa misma habitación y levitaba encima de la cama una y otra vez, cuando ella cantaba en latín canciones religiosas durante el parto, cuando ella gritaba mientras yo estaba en sus entrañas y mi ambiente amniótico era estresante y salí al mundo y no sólo me costó trabajo adaptarme a la presencia de mi mamá y lloré y lloré hasta que ella y mi papá me dieron una habitación para mí solo junto a la de ellos, en el pequeño departamento en el que vivíamos, y se acabó el problema y dejé de llorar, sino que también me costó trabajo adaptarme a convivir con otros niños y con otros adultos, y no soportaba cuando un adulto omitía mi nombre y me decía “niño” y no soportaba cuando un niño se burlaba de otro niño que veía más indefenso que él y me quería ir a los golpes con él y siempre perdía, y este problema de adaptación me llevó incluso a pensar mil y un veces, en repetidas ocasiones, antes de decirle a mi profesora de primero de primaria que estaba orinándome, y entonces terminaba empapando un poco los pantalones y acostumbrándome al aroma del amoniaco y a la rozadura del amoniaco en mi entrepierna. 

Soy un ser sombrío, lo supe cuando me ponía melancólico la felicidad aparente de mi familia en las reuniones de Navidad y de Año Nuevo, sabía que todos se detestaban y envidiaban en el fondo, lo supe cuando mis papás me celebraron un cumpleaños y todos parecían felices en el salón de fiestas y yo acababa de pasar por un estudio fotográfico y acababa de pensar en la muerte y en cómo eso cambiaría definitivamente las cosas, y quizá lo supe porque mis papás veían programas de televisión que no eran aptos para niños y yo los veía, y toda la violencia y toda la hostilidad y todas las fechorías de la pandilla que exterminó Charles Bronson en una película, y toda la decadencia y la sordidez y la orfandad de Valentín Trujillo en esa película en la que le decían “Perro”, se metieron en mi mente infantil.

Soy un ser sombrío, y en la pubertad descubrí que no me gustaba la compañía de los demás, y traté muchas veces de encajar y de hacer amigos, pero siempre terminaba encontrándome solo, forzándome a interesarme en cosas que a ellos les parecían fascinantes y que yo no podía apreciar, cuando estaba en una fiesta y todos bailaban la misma música de adultos que mis papás escuchaban en sus fiestas de adultos, cuando bebían las mismas bebidas alcohólicas que bebían mis papás en las fiestas de adultos, cuando jugaban a ser los mismos adultos que eran mis papás, cuando ya me volvían loco las chicas de mi edad y sin embargo siempre estaba pensando en el futuro, en que, si ellas estaban dispuestas a estar conmigo –lo cual, gracias a mis bigotes y mi voz púberes, era relativamente frecuente–, tenían que ser perfectas: tenían que mostrar no guardar ninguna relación con todas esas cosas que no me gustaban, y generalmente bastaba que me dijeran que querían estar conmigo y que me cantaran una de esas canciones que todos bailaban en las fiestas, o que no supieran escribir sin faltas de ortografía, o que esperaran a que estuviera con ellas todo el tiempo, o que me dijeran alguna cosa dulce, o tan solo que nuestros apellidos sonaran a broma –una vez ocurrió con una chica cuyo apellido formaba la palabra compuesta “perezsosa”–, para que yo huyera despavorido, antes de dar el primer paso.

Soy un ser sombrío que iba solo al cine y que se escabullía a la mitad de alguna película de culto aburridísima y que luego tenía que huir de parejas homosexuales en La Condesa, cuando la UNAM estaba en huelga, y que tenía crisis nerviosas y que se masturbaba frenéticamente para lidiar con el estrés al descubrir que no sabía hacer otra cosa más que estudiar, y que acabó tomando un taller de creación literaria y conociendo a buenas personas interesadas en escribir, a las que también les gustaba embriagarse pero además fumar compulsivamente cigarrillos sin filtro y escuchar trova y recitar poemas de Mallarmé y de Jorge Cuesta y de Verlaine y de Xavier Villaurrutia, y que acabó hartándose de ellos, de su terrible necesidad de estar con mujeres, y que recibió una triste llamada telefónica desde una fiesta a la que no asistí en la que había una chica ebria que quería estar conmigo y que tenía una vida sórdida que yo no necesitaba en mi vida y que me suplicaba ir a la fiesta y que insistentemente me decía “¿Por qué no estás aquí?”, y que luego acabó escuchando a un tipo que estaba en la misma fiesta y que tomó el teléfono para decirme “Eres como un cuchillo que corta el aire”.

Soy un ser sombrío que luego fue conociendo a más chicas que tenían el perfil de la chica de la vida sórdida, y ellas querían que estuviéramos juntos y yo parecía repetir el ciclo de la pubertad y pensar en el futuro y encontrarles algo que no me gustaba y ahuyentarlas o huir antes de dar el primer paso, y ellas siempre decían que yo me veía como alguien translúcido y que ellas querían hacerme feliz.

En fin, soy este tipo sombrío, y lo sé ahora mismo, ahora que estoy en mis cuarenta y no tengo amigos, ahora que socializo porque debo hacerlo, ahora mismo que estoy escribiendo e improvisando porque nunca puedo escribir si tú ya despertaste.

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