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domingo, 14 de septiembre de 2025

tuve un flashback

Sólo quería llegar a la casa, estaba enfurecido, sentía la bilis negra devorando mi garganta, como un oscuro pasajero que podría haberme impulsado a arrojarme a las vías del tren, nunca había caminado tanto, o tal vez sí, pero en otras circunstancias. 

Me acordé de haber caminado, aterrado, semanas después del terremoto del 2017, entre calles intactas y edificios a punto de desplomarse, desde Plaza Universidad hasta el Centro Scop, en la intersección de Eje Central y Xola, nada más para lidiar con el estrés postraumático, para procesar el terremoto, para dejar de alarmarme cuando escuchaba algún sonido similar al de la alerta sísmica, nada más para habituarme, para superar haber sufrido ese terremoto en terribles condiciones, en un edificio que se movía de un lado a otro, en zig zag, luego como un péndulo, en un edificio que ahora mismo ya no existe, que tuvieron que demoler porque en ese terremoto sufrió daño estuctural.

Me acordé también de haber caminado mucho, sintiéndome  melancólico y decepcionado, días después de que salieron los resultados de la convocatoria del 2019 del SNII. De mi primera solicitud, tenía la distinción de Investigador Nacional Nivel I –más de 7 papers de investigación original publicados, más de la mitad como primer autor–, pero enfermé entre el 2015 y el 2017, y acabé en el quirófano en el 2017, y un fulano narcisista y manipulador no me incluyó ni en los agradecimientos de una revisión del 2016 en la que su grupo citó 4 papers en los que soy primer autor, me rechazaron un paper de investigación original en el 2019 en el que era autor corresponsal  y durante los 3 años que duró esa distinción no pude más que publicar un paper de investigación original como autor corresponsal, y, en fin, en esa ocasión acaban de rechazarme y me sentía fatal, no tenía la perspectiva de que apenas empezaba y de que en realidad todo lo que tenía era parte de mi esfuerzo, que tenía pocos meses en un nuevo trabajo, que mi salud apenas volvía a la normalidad, que impartía muchas horas de clase y que era imposible compaginar mis actividades administrativas –viajar desde Lerma hasta Querétaro o Zacatenco o Iztapalapa o Neurología– con labores de investigación, y caminé varias cuadras solo, sintiéndome triste, harto de todo, junto a las vías del tren.

Sólo quería llegar a casa, hacía más de veinte años que no me sentía así, que no caminaba sin rumbo fijo y sin descanso nada más para acabar rendido, sin fuerzas para pensar nada, sin fuerzas para sentir nada más allá del cansancio carcomiendo mis músculos, no quería pensar en lo que había ocurrido unos minutos atrás, en esa calle por la que tantas veces caminamos juntos Ella y yo, sin ningún problema, pero mi oscuro pasajero había emergido a la superficie, había hecho que perdiera el control con Ella, mi oscuro pasajero me había orillado a estar a punto de cometer un acto del que siempre me arrepentiría, y no quería pensar en nada, pero sólo podía pensar en ello, en lo que había ocurrido unos minutos atrás, en que tuve un flashback, en que regresé al 2002, en que perdí el control, en que mi oscuro pasajero me convirtió en la peor versión de mí mismo, otra vez.

«Tuve un flashback, sigo siendo el mismo salvaje, sólo he envejecido, es como una adicción, una enfermedad que no se cura...», me decía a mí mismo, y creía que nunca había caminado tanto, o tal vez sí, pero en otras circunstancias, en fin, a quién le importa.

domingo, 15 de junio de 2025

Thurston Moore está cantando una canción de Lou Reed

 


No me siento nada bien, estoy cansado, se me cierran los párpados, llevo dos noches consecutivas durmiendo poco, en la semana recibí buenas noticias y he estado tan excitado por las buenas noticias que me desperté a las 4 ó 5 de la mañana, igual que ayer, y ya no pude volverme a dormir, igual que ayer. 

Alexa reprodujo esta canción, son las 12 y media del domingo, se celebra el día del padre, ya me comuniqué con mi papá, ya me comuniqué con mi hermano, Thurston Moore está cantando una canción que le he escuchado cantar a Lou Reed, tal vez se trate de una canción de The Velvet Underground, lo único que he querido hacer desde hace más de un mes, cuando comenzó el curso de doctorado que impartí cada sábado de 9 a 12, es sentarme a escribir, tomarme un par de whiskies y escuchar alguna de las playlists que uso para escribir o para correr, pero los fines de semana han dejado de ser míos.

Los ojos me escuecen, se me cierran los párpados, ya no puedo escribir. 

sábado, 12 de abril de 2025

Esta hamburguesa ya no sabe a nada


La última vez que estuvimos aquí fue en enero, cenamos lo mismo que estoy comiendo, la hamburguesa me supo un poco mejor, sólo han transcurrido cuatro meses desde entonces, pero teníamos más dinero y aún tenía fe en la academia, tal vez no nos sentamos en la misma mesa, nos encontramos a un par de vecinas, nos dieron un aventón en su auto, platicamos sobre cualquier cosa, empezar el año así representaba algo poco común, creía que significaba algo, que nuestras vidas cambiarían radicalmente, ahora hace calor, van a dar las dos de la tarde, estamos en el mismo Vips, no sólo estuvimos aquí en enero, también estuvimos aquí el verano pasado, invitamos a tus papás y a tu hermana, volvíamos de Puerto Vallarta, eran otros tiempos, también comimos aquí cuando el SNII me otorgó la distinción de Investigador Nacional Nivel II, me llevaba a la boca la Vips clásica con queso de entonces cuando el Rector de la universidad me felicitaba por correo-e, las meseras más o menos nos ubicaban y más o menos las ubicábamos, solíamos comer al menos una vez a la semana en este Vips, no volvíamos desde enero, las meseras son otras meseras, no me trajeron la Vips clásica con queso de siempre, se equivocaron, me trajeron una Champions, ésta tiene un montón de aderezo de chipotle, lo odio, también odio que en todas partes pongan el aire condicionado al máximo en época de calores, tengo un umbral bajo para el frío y un umbral alto para el calor, nadie lo entiende, no sé si es posible.

Son otros tiempos, la hamburguesa ya no tiene chiste para mí, he tropezado con la misma pared cuatro o cinco veces desde octubre, este negocio de la academia es una campaña política, en realidad a la mayoría de los académicos que tienen poder no le importa que estés en el SNII, que tus clases sean estupendas, que publiques al menos un paper al año y que hagas lo posible por publicar en revistas Q1, a la mayoría de los académicos le importan otras cosas que no son académicas, le hacen campaña política a candidatos que son torpes, que son incapaces de hacer nada por sí solos, que no dan clases, que sólo ponen a los estudiantes a exponer, que sólo leen diapositivas, que sólo publican con las mismas tres personas de siempre, y todos voltean a otro lado, ya tienen seguro un salario, para qué se esfuerzan, para qué luchan por la transparencia, y todo eso es un asco, un asco como esta hamburguesa y como este aire acondicionado al máximo.    

sábado, 28 de diciembre de 2024

ni aunque fueras la última mujer en el universo


Lo único que sé es que estaba en medio de la nada, como un barquito de papel a la deriva a punto de ser tragado por una coladera, tenía veintipocos años y no sabía nada de la vida, pero mi única experiencia con una mujer había terminado, y a ella la extrañaba muchísimo y la odiaba muchísimo. Antes de que ella se largara del país con su nueva pareja, en nuestra última conversación en Las Islas, una horrible mañana de octubre o noviembre del 2005, le había dicho «Ni aunque fueras la última mujer en el universo, volvería a relacionarme contigo», y realmente lo pensaba así (y hasta hoy, después de más de veinte años, sigo pensándolo); me encontraba en mi momento más vulnerable, como esa anécdota que relata Marilyn Manson en Long Hard Road Out of Hell y que quedó registrada en los primeros segundos de “Tourniquet”, pero en condiciones muchísimo menos glamorosas: me metí a trabajar de botones a un hotel de Naucalpan, el recorrido de la casa al hotel era una odisea de casi 3 horas, el trabajo era monótono, empezaba a las seis pm y terminaba a las once pm o doce am. 

Mi primo era gerente del hotel y me había pedido apoyo en los últimos días del año; nadie quería trabajar esos días y el pago no era extraordinario, pero el trabajo me mantendría ocupado. A los minutos de mi primer día, uno de los empleados me explicó en qué consistiría el trabajo, caminamos por el pasillo del segundo piso del hotel, pasamos por una habitación recién desocupada, una mucama tendía la cama, medio nos vimos, me pareció que ella me sonrió amistosamente. 

«Entonces estarás en el “departamento de quejas”», me dijo este sujeto, y sonrió. Y no había un nombre más apropiado para llamarlo: mi trabajo consistiría en caminar por los pasillos del hotel, en inspeccionar que todo estuviera en orden, que los gemidos, los lamentos y las quejas que provenían de las habitaciones correspondieran a personas que estaban relacionándose del modo en que la gente suele relacionarse en esa clase de hoteles, que nada se saliera de control. Ocasionalmente, me tocaba atender los pedidos de los clientes: llevarles a las habitaciones todo lo que pidieran –desde bebidas alcohólicas y cigarrillos, hasta condones y toallas extra–, lo más rápido posible. En esas ocasiones, tenía que bajar corriendo a recepción o a la cocina y luego subir hasta la habitación. A veces abría la puerta un hombre sudoroso y desnudo con una toalla en la cintura, a veces era imposible no atisbar, detrás del hombre, a una mujer semidesnuda tendida en la cama.

La tensión sexual era inherente a esos recorridos a toda velocidad desde los pasillos del hotel hasta la recepción/cocina y de vuelta a la habitación, y, para mí, que estaba en medio de la nada, como un barquito de papel a la deriva a punto de ser tragado por una coladera (apenas tenía veintipocos años y no sabía nada de la vida, pero mi única experiencia con una mujer había terminado), era complicado no sentirme arrastrado por esa tensión sexual que provenía de las habitaciones, no ponerme a pensar en cuántas historias había detrás de esas puertas: ¿quiénes eran esas personas disfrutando a escondidas de su vida sexual?, ¿eran parejas en la vida real?, ¿eran amantes?, ¿trabajaban en el mismo lugar?, ¿todo había comenzado con una serie de comidas entre colegas, cada jueves, durante casi dos meses ininterrumpidos...?, ¿eran parientes políticos...?, ¿se trataba de un asunto de negocios...?

También era complicado no pensar en que yo había tenido a una mujer y en que nosotros dos habíamos podido estar en condiciones similares, tal vez en un mundo paralelo, tal vez en una realidad distante, tal vez ella se convertía en una mujer apasionada cuando me amaba y creía que estaríamos juntos hasta el fin de los tiempos, mucho antes de nuestra primera discusión, cuando me llamó (de manera no intencional, espero) por el nombre de su ex y yo sentí un dolor imposible de explicar, una especie de cuchillada me atravesó el alma, el corazón, los sentidos y la razón; mucho antes de que ella me sacara de quicio porque un día, al volver a casa de sus papás después de una aburrida reunión familiar, olvidé abrirle la puerta del auto para que bajara, y entonces, repentinamente, se puso furiosa y me dijo que estaba profundamente decepcionada de mí y yo insistí en que me dijera qué había hecho mal para no volverlo a hacer (estaba quedándome dormido, y en verdad no me di por enterado de que no le había abierto la puerta del auto, y, en todo caso, había sido una exageración), y ella sólo me dijo, una y otra vez, que todo estaba jodido si yo no había sido capaz de darme cuenta qué había hecho mal –y tal vez, si no hubiera sido un gran idiota sin experiencia previa con otra mujer, habría visto una señal en todo ello y me habría alejado de ella; le habría dicho que tenía que superar a su ex, resolver todo lo que tuviera que resolver con su ex; que yo no estaba ni para sustituir ni para ayudarle a olvidar al ex; pero no: sólo me exasperé y acabé comportándome como un animal, abriendo una herida que jamás pudo sanar.

Cuando una pareja salía de una habitación, la recepcionista y los vigilantes del estacionamiento se comunicaban conmigo por walkie talkie y entonces tenía que correr a toda prisa hasta la habitación recién desocupada –podía estar haciendo un recorrido por el segundo piso y la habitación podía estar en el otro extremo del hotel, en el tercer piso– y supervisar que todo estuviera en orden; según algunos empleados, había algunos clientes que, quién sabe por qué, destrozaban la habitación o se robaban las toallas. Si estaba demasiado exhausto, podían pasar varias horas sin nada qué hacer, o poseído por esa tensión sexual que emergía del departamento de quejas, simplemente, después de inspeccionar que todo estuviera en orden, me sentaba en el borde de la cama recién desocupada. Casi siempre los clientes dejaban encendido el televisor y casi siempre lo dejaban en un canal con películas porno.

Cuando acabó mi primera jornada, quién sabe por qué me topé otra vez con la mucama, estaba tendiendo una cama en una habitación, pasé por la habitación y escuché risitas y murmullos, y me asomé a la habitación; y ella estaba platicando con otra chica, y se sonrojaron cuando me vieron. La chica debió de tener mi edad, no la recuerdo muy bien, pero era bonita, tenía el cabello rubio, era muy bajita y parecía de provincia. Y me quedé de pie en la puerta de la habitación, pensando en su vida –¿desde cuándo trabajaba en ese hotel?, ¿dónde vivía?, ¿tenía novio?– y le sonreí y le pregunté su nombre y ella se sonrojó aún más y me dijo su nombre, y su compañera dijo algo que ya no recuerdo con exactitud pero que debió implicar alguna especie de broma –¡te lo dije, fulanita!, ¡también le gustas!–, y tuve la misma impresión que había tenido algunas veces cuando Claudia y yo empezábamos a salir, cuando esas dos o tres chicas a quienes conocía desde hacía tiempo en la universidad comenzaron a mostrar un interés inusual en mí. 

«Nos vemos mañana», le dije y me marché. 

Esa noche volví rendido a la casa, metí el DVD de Nicotina que me había prestado mi primo y me tumbé en la cama; entre sueños, mientras en la pantalla del televisor de mi recámara Lolo espiaba a Andrea desde su computadora y los personajes que interpretaban Jesús Ochoa y Lucas Crespi discutían en una camioneta sobre las muertes y las coincidencias relacionadas con el tabaquismo, me acordé de Claudia, de lo mucho que la extrañaba y odiaba, y que le había dicho que nunca, aunque ella fuera la última mujer en el universo, volvería a relacionarme con ella; me acordé de la mucama de cabello rubio, me acordé de un hombre sudoroso con una toalla en la cintura, me acordé de una mujer semidesnuda en una cama, me acordé de un televisor encendido en una habitación del hotel y de una escena porno que pasaba por el televisor, y me quedé dormido. 

Hace unos días volví a ver la película y me acordé de todo esto. 

jueves, 21 de noviembre de 2024

La oscuridad me ha perseguido todo este mes

Durante casi dos semanas estuve tomando valaciclovir, tres veces al día. Durante dos semanas no he salido a correr. Durante dos semanas no he bebido una sola gota de alcohol. El sábado cumplí 10 meses sin fumar. Hoy estoy despierto desde las seis de la mañana. No quiero distraerme, tampoco quiero hundirme en la oscuridad que me ha perseguido todo este mes. Tampoco quiero dejar que el dolor se apodere de todos mis pensamientos, ni estar pensando en cuánto deseo rascarme la mano, el brazo y la espalda porque la comezón es insoportable. Se siente como si me hubieran arrastrado por el asfalto: me punza, me duele, me da comezón.

Quisiera deshacerme de todas estas sensaciones que no me dejan en paz, quisiera poner las cosas en orden, desahogarme, escribir sobre todo lo que ha ocurrido en los últimos días, pero Kilitos de Amor me pide que le dé su porción de Royal Canin, tengo que medirme la glucosa, paso mi lengua por el paladar y siento las encías inflamadas y sé que tendré la glucosa altísima, y no quiero hundirme en la oscuridad que me ha perseguido casi todo el mes. Yoko maúlla una y otra vez, sus maullidos son tan agudos que no puedo concentrarme, a veces suenan como cuando alguien pasa un cuchillo afilado por un vidrio, todo se puede romper dentro de mí, como le ocurrió al papá de Knausgård y como le ocurre a su esposa, o al menos eso es lo que dice en las últimas cien páginas del último tomo de Mi Lucha que estaba leyendo esta mañana antes de levantarme de la cama, cuando mi sueño fue interrumpido por el adormecimiento y por el dolor y por la comezón que siento en la mano, en el brazo y en la espalda. 

Ya estoy olvidando sobre qué quería escribir, el impulso de escribir se va desvaneciendo como el último sueño que tuve antes de despertarme, ese que fue interrumpido por los síntomas que dejó el herpes zoster, ese sueño en el que apareció esta chica que estudiaba la licenciatura cuando yo estaba terminando el doctorado y que a veces iba al laboratorio y que nunca me hablaba y que, luego, si coincidíamos en un congreso y ella ya tenía unos tragos encima, se ponía a platicar conmigo; esta chica que quién sabe por qué me intriga tanto, esta chica que no entiendo, somos de mundos totalmente distintos, y que quién sabe por qué aparece en mis sueños ocasionalmente. En ese sueño, ella pasaba junto a mí, subía unas escaleras que yo bajaba, a lo lejos se incendiaba una casa, estábamos en el tercer piso del edificio en el que viví toda mi infancia, la casa que se incendiaba formaba parte de una especie de mansión, el camino que llevaba de la calle a la mansión estaba rodeado de árboles y pasto, e incluso tenía una fuente y una pequeña autopista por la que pasaban autos lujosos. La mansión se parecía a esa mansión de Eyes Wide Shut, la última película de Stanley Kubrick. En el ambiente había una especie de nostalgia, como si estuviéramos atrapados en una película del cine de oro mexicano. Esta chica pasaba junto a mí, tenía la mirada perdida, llevaba puesto un suéter blanco con rayas negras y tenía cara de funeral. 

No sé qué puede significar ese sueño, estoy tratando de encontrar qué simbolizan el edificio de la infancia, el incendio a unos metros del edificio, las escaleras y Kubrick y el cine de oro mexicano, que yo bajo por las escaleras y que esta chica sube por las escaleras, cuando Lizzie entra en la recámara y de pronto me doy cuenta de que Jackson está acostado junto a mí en la cama. Él nada más contempla lo que ocurre más allá de la cama, cómo Lizzie entra en la recámara y se mete en el baño, y lo hace de un modo en el que parece que está evaluando los pros y los contras de levantarse de la cama. Es un gato sensacional, es el más paciente de los tres, también es el más travieso y más cariñoso. El que hace más vocalizaciones.

Estoy en todas estas cosas, cuando suena el teléfono, me ha llegado una notificación de What's App, es un mensaje de voz, intento ignorarlo, me acuerdo del domingo pasado, cuando un fulano me llamó por teléfono en la tarde y fue directo al punto, me dijo Su paquete de Amazon llegará en 20 minutos, y yo le dije que estaba equivocado, que yo no había pedido nada, y luego me preguntó ¿Cómo está? y yo le dije la verdad, que estaba más o menos, ese día cumplía alrededor de 10 días con herpes zoster y en tiempo récord me habían bateado de tres convocatorias para plazas de académicos de tiempo completo en dos universidades distintas, y entonces le pregunté al fulano cómo estaba él –hasta ese punto, ni él me dijo su nombre ni confirmó el mío, como suelen hacer los ejecutivos de ventas cuando te llaman por teléfono– y él me dijo algo terriblemente patético –Con salud y con trabajo, gracias a Dios– y allí fue donde confirmé que se trataba de una estafa, que el sujeto tenía estudiado su discurso de persona de bien, que, seguramente, si me lo encontraba en la calle, se vería como el mundo de las apariencias nos ha dicho que debe verse una persona de bien: cabello corto (fascistoide), saco, camisa formal, pantalones caqui, zapatos con punta de pico de pato... Sin pendientes en ningún lóbulo, obviamente. Sin tatuajes visibles, obviamente. Entonces, cuando le iba diciendo Ah, aquí es la parte en la que me vas a pedir que te dé un código que me llegará a mi What's App, él colgó. No sé dónde leí que a una celebridad la estafaron de una manera similar, pero aprendí algo de la experiencia de otra persona.

Escribo estas líneas y trato de ignorar el mensaje de voz que acaba de llegarme por What's App. Hay un montón de distractores en todas partes. Yo sólo quiero desahogarme, olvidar estas dolorosas sensaciones que carcomen mi mano, mi brazo y mi espalda, y que me hacen sentir como si me hubieran arrastrado por el asfalto y que me hacen desear rascarme hasta arrancarme la piel, y que tal vez son una manera en la que mi cuerpo me está diciendo que mande todo a volar, que deje de pensar en la oscuridad que me ha perseguido todo el mes, que la academia es una farsa, como el fulano que quiso estafarme por What's App el domingo pasado, que todas las plazas académicas tienen nombre y apellido, que he conseguido en tiempo récord mucho más de lo que podría conseguir cualquier académico con contratos temporales. Que puedo hacer muchas cosas que jamás podrá hacer nadie a quien le ponen todo en bandeja de plata. Que debo aprender de mi propia experiencia, que es un poco absurdo aprender de la experiencia de otras personas y ser incapaz de aprender de tu propia experiencia.

O tal vez este dolor y esta convalecencia no significan nada, tal vez nada significa nada, tal vez esto no significa nada, tal vez tu aparición en mis sueños no significa nada, tal vez los distractores son la realidad, tal vez la selección mexicana de futbol es lo único real, tal vez todos los días debemos salir de nosotros mismos, tal vez nosotros somos nuestra propia oscuridad, tal vez las enfermedades son todas psicosomáticas, tal vez lo único real es que no podemos vivir de satisfacciones personales, somos adultos y no podemos pasar todo el día en la cama, huyendo de las responsabilidades porque estamos tristes.

sábado, 26 de octubre de 2024

Shimmer Like A Girl


Siempre dejabas tu cartera sobre la mesa y yo le echaba un vistazo a tu mochila sobre la silla, y me preguntaba «¿Por qué siempre lo hace?, ¿acaso es una señal?, ¿acaso confía tanto en mí?, ¿sólo le vale madre?», y tu boca entonces se abría de par en par, se transformaba en un portal de luz, y sonreías y el sol que atravesaba el comedor como un torbellino silencioso le daba un brillo espectacular a tu escandaloso cabello color castaño, y tus ojos color almendra eran un puñetazo en el estómago, sentía que había algo allí, una especie de electricidad surcando cables invisibles entre nosotros, y luego te levantabas de tu asiento y te pasabas el cabello por detrás de una oreja y por un momento me recordabas a esa otra chica que conocí en la prepa, se llamaba Carolina y era más grande que yo y siempre se pasaba el cabello por detrás de la oreja y me volvía loco, y luego volvía a la realidad, y allí seguía tu cartera sobre la mesa y yo volvía a echarle un vistazo a tu mochila sobre la silla, y allí estabas otra vez, en esa realidad inundada por la luz del sol que era un torbellino que arrasaba con el comedor, y caminabas de esa manera singular, moviéndote ligera y tibia, y pesada y agonizante, como una bailarina de flamenco que se retiraba del escenario después de una mala noche, y no puedo apartarte de mi cabeza y tengo náuseas y toso y se me cierran los párpados y escucho a Veruca Salt y van a dar las seis de la mañana y sé que nunca volveré a verte y me acuerdo del aroma de tu perfume.  

sábado, 19 de octubre de 2024

Más o menos bien

Sonaba “Más o menos bien” y yo estaba ídem, con varios litros de Jim Beam estallando esporádicamente en mi sistema nervioso central, a punto de que todo, incluyendo sentirme una malísima copia de José Agustín, me valiera madre, pero el remordimiento era más fuerte que ese estado de semi inconsciencia. 

Había hecho enojar a Lizzie otra vez. 

La música y las luces de El Pata Negra me embotaron, me dio un ataque de tos, me faltó el aire, y me transportaron a un malviaje, como el de aquella noche en casa de Tobías, cuando habíamos fumado una hidropónica muy potente y Lizzie y yo nos quedamos en silencio, en medio de la sala, mientras Tobías y sus amigos escuchaban alguna triste canción de José José y yo sentía que estaba al borde de un ataque de ansiedad y quería vomitar y no quería precipitarme en el abismo de ese pensamiento que merodeaba mi mente –«¡Te sientes mal, y te sentirás peor!»– y que me llevaría a hiperventilar, pero, de pronto, la gente, coreando la canción y moviendo las manos en lo alto, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, en una fabulosa comunión con la banda, dejó de ser un espejismo, me despertó y me devolvió a la realidad. 

A lo mejor todos ya estábamos más o menos ebrios –excepto Lizzie, quien, desde entonces, era la única que se mantenía sobria siempre–, y, tal vez, una groupie de Nos Llamamos me había puesto una mano en el hombro y el contacto con la tibia piel de otro ser humano me hizo reparar en que no estaba soñando, en que no estaba a punto de hiperventilar en casa de Tobías, sino en que la groupie y yo estábamos de pie, a menos de un metro del escenario, y que todo eso habría podido convertirse en una experiencia feliz, excepto que no podía apartar mis pensamientos de Lizzie, de lo que ella significaba para mí, de que siempre la hacía enojar con tonterías, de que era tan idiota que nunca podía quedarme con la boca cerrada, de que era tan idiota que no podía darme cuenta de lo fabulosa que era conmigo.

Bajé la mirada, carraspeé, me quité la mano de la groupie de encima, ya no era un contacto reconfortante sino una invasión a mi espacio, y escuché:

«¡Todas las canciones las canta igual!»

Que era lo que Lizzie me decía cuando ponía por tercera o cuarta ocasión consecutiva La Dinastía Escorpio en el reproductor de discos compactos. Estaba obsesionado con ese álbum. Casi tanto como me había obsesionado Hasta Ahora Todo Va Bien, el álbum debut de esa banda que sonaba un poco a Sonic Youth y que había tocado varias veces con Nos Llamamos. Lizzie y yo vivíamos en un pequeño departamento en Xola y casi todos los fines de semana escuchaba La Dinastía Escorpio, y Lizzie, con toda razón, ya estaba harta. No le gustaba el cantante, decía que todo lo cantaba igual, y yo discutía con ella, a lo mejor en esos momentos ya me había tomado varios whiskies baratos, y no aceptaba que ése era su punto de vista. 

La Dinastía Escorpio era el álbum de Él Mató A Un Policía Motorizado que traía “Más o menos bien” –esa canción que estaban tocando en vivo, en la realidad de ese estado semi inconsciente que me arrastraba como una ola salvaje hacia afuera, hacia donde transcurría esa fabulosa comunión entre la banda y el público, y luego hacia adentro de mí mismo, hacia donde no había nada más que una oscura luminosidad de malos viajes con otros agentes químicos–, a menos de un metro de mí, entre esas manos que se movían en lo alto, de derecha e izquierda y de izquierda a derecha, y que parecían un espejismo mientras varios litros de Jim Beam iban estallando en mi sistema nervioso central y me sentía una malísima copia de José Agustín y al mismo tiempo me encontraba en un estado de semi inconsciencia.

Una especie de claridad subió desde mis entrañas hasta mi cabeza y me sentí miserable, y me pregunté cuándo había comprado ese álbum –¿acaso lo había comprado en otro concierto?, ¿acaso Él Mató A Un Policía Motorizado había tocado otras veces con Nos Llamamos?, ¿acaso me había obsesionado con ese álbum como me había obsesionado con Hasta Ahora Todo Va Bien, de Los Silencios Incómodos, esa banda que sonaba un poco a Sonic Youth y que me encantaba y que también había tocado varias veces con Nos Llamamos?–, y también me pregunté cosas más importantes: ¿por qué no podía dejar de ser un idiota...?, ¿cuánto tiempo más me soportaría Lizzie...? 

Apenas íbamos a cumplir tres años viviendo juntos y yo ostentaba el récord de provocar discusiones sin sentido y ella siempre era más lista que yo y me ignoraba, pero esa noche había sido la excepción –quizá ya la había hartado con mis recurrentes arranques de ira y de infantilismo, quizá esa noche en verdad estaba furiosa, quizá esa noche era el fin de los tiempos–, y, entre todas esas manos que se movían de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, por primera vez desde que escuchaba incansablemente La Dinastía Escorpio, me dio la impresión de que el cantante, tal y como me lo había dicho Lizzie en innumerables ocasiones, cantaba todo igual, todo lo cantaba en el mismo tono, y tuve un insight: nunca vas a cambiar, necesitas ayuda profesional, tienes un problema con tu control de ira.

No pensaba realmente en esa película en la que actúa Jack Nicholson, pero ésa era la idea.

Debió de ser junio o julio del 2013, aún no demolían El Plaza Condesa, Lizzie y yo íbamos a cumplir tres años en ese pequeño departamento en Xola que era como un congelador, apenas le daba el sol, Kilitos de Amor era un gato bebé, yo acababa de publicar un paper como primer autor, el doctorado se estaba convirtiendo en un infierno, mi tutor y yo nos llevábamos del carajo, los síntomas de esa espantosa enfermedad que me llevaría al quirófano años más tarde aún no salían a la superficie, esa noche habían tocado Nos Llamamos y El Mató A Un Policía Motorizado tenía diez o quince minutos en el escenario de El Pata Negra.

Ya pasaron casi diez años desde entonces, algunas cosas siguen igual y otras han mejorado y otras han empeorado, Kilitos de Amor ya es un senior cat y vino a llamar mi atención mientras escribía y se subió al escritorio y luego me pasó una de sus patitas sobre el rostro y se quedó unos minutos como estatua y después se fue, y van a dar las siete de la mañana y es sábado y Lizzie no está enojada conmigo.

domingo, 6 de octubre de 2024

What do they know about love...?

Estoy sentado frente a la computadora por tercera o cuarta vez en lo que va del día, hace frío, son las seis de la tarde del domingo, ya me puse la pijama que compré hace rato en el Costco, había un montón de gente en el Costco pero no tanta gente como el martes, que fue día feriado porque Claudia Sheinbaum recibió la banda presidencial –¡la primera presidenta de México!–, y los ojos me lloran, me escuecen, tengo la nariz tapada y el cuerpo cortado, mi piel es un campo minado, y es la segunda vez que me enfermo en tres meses, o tal vez es la alergia estacional, una más de las razones por las cuales no me gusta esta época del año, y la odio, particularmente, porque, además, es la época del año en la que cumplo años (para mí, ya estamos en diciembre, ya cumplió años Jim Morrison, falta poco para que Eddie Vedder cumpla años y para que las familias se reúnan a cenar pavo y lomo relleno y ensalada de manzana, y para que el mundo mire el desfile en Times Square por televisión –¿suena “Over the rainbow”, de Israel Kamakawiwo'ole?–, y el año ya se acabó, y no puedo dejar de acordarme de todas las posadas del 20 de diciembre en las que me obligaron a escuchar “Las Mañanitas” y a soportar que un invitado genérico, que no tenía ni la más remota idea de quién era yo y cuánto odiaba los cumpleaños genéricos –no soy la clase de persona que usa como pretexto sus cumpleaños para mimarse y procrastinar, o que sube fotos de sus cumpleaños en redes sociales–, me aplastara la cabeza contra el pastel, mientras todos aplaudían y sonreían, y lo sé: no puedo superarlo, y tengo tantos prejuicios que no sé qué tipo de terapia sería la mejor para mí), pero, afortunadamente, cuando estoy a punto de precipitarme en el abismo, una canción de los Butthole Surfers inunda la estancia –What do they know about love, my friend...?, canta Gibby Haynes–, gracias Alexa, no reprodujiste a esa cursi banda pop llamada Melvins y que no tiene la más remota idea de que existen los Melvins de los 80, de Montesano, y suspiro, siento cómo el aire caliente inunda mis fosas nasales, y le doy otro sorbo al Jack Daniel's con Coca Cola –si fuera un ingenuo que no sabe nada de farmacología y que nunca ha tenido un malviaje, estaría preocupado, preguntándome si me voy a “cruzar” por mezclar loratadina, paracetamol y whiskey, pero sí estoy preocupado por el daño que le hago a mis riñones, por la cantidad de nefronas que han matado mis hábitos, por el daño que ha sufrido mi estómago, no sé qué tan saturada estará mi alcohol deshidrogenasa en este momento, cuando escupo estas líneas, y también estoy preocupado por el daño que ha sufrido mi hígado a lo largo de tantas décadas de atracones de alcohol en fines de semana–, pero empiezo a sentirme ligero, como la primera vez que tomé alcohol a escondidas, cuando acababa de volver a la casa de mis papás después de comprar el recién lanzado a la venta MTV Unplugged In New York, era la Noche Buena de 1994, acababa de terminar la secundaria, y me serví dos o tres vasitos de Johnnie Walker de la cantina de mi papá, estaba mortalmente aburrido, y subí a mi recámara y me los bebí en tiempo récord, mientras escuchaba a Kurt Cobain, desde el más allá, decirle a la audiencia de los Sony Studios de New York que iba a tocar una versión solista de “Pennyroyal Tea” y en la casa reinaba una atmósfera de funeral porque los abuelos maternos y paternos nos habían “dado el cortón” y no irían a cenar con nosotros– y, en fin, en el presente del domingo seis de octubre del 2024, mis ojos no son mis ojos ya, sino los ojos de otra persona, pero los ojos de esta otra persona anidan en las cuencas de mis ojos y son un par de granadas a punto de estallar. 

Cierro los párpados como si pudiera desasirme del par de granadas (que son los ojos de otra persona) que amagan con volar mi materia cefálica, y como si pudiera desasirme de esta maldición: en todo el día no he podido escribir; y no, no es 'el bloqueo del escritor'.

En la mañana, en cuanto me levanté (porque soñaba que unos evangelistas me bautizaban en una alberca y que Chinaski me pedía el divorcio en frente de todos los estudiantes del último curso que impartí; la clase de sueños que puedo tener después de terminar mi contrato temporal del 2024, después de haber visto Ed Wood, de Tim Burton, y después de haber tenido una discusión con Chinaski porque no le gustó Ed Wood, de Tim Burton, y porque yo mismo me siento mal por haber tenido un blackout provocado por el espíritu del vino de hace una semana y por haberle llamado la atención enfrente de mis colegas en un elevador) y todo estaba en penumbra y en silencio, vine a este mismo lugar, y me senté frente a la computadora, como ahora, y la encendí y me dispuse a escribir, como ahora, pero, al cabo de un par de minutos, cuando una idea comenzaba a fluir, cuando (creía) comenzaba a entrar en la zona, llegó Kilitos de Amor y maulló una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, y me pidió comida y atención. 

Tuve que abandonar lo que empezaba a escribir por la mañana, cuando Kilitos de Amor demandó mi atención, justo como ocurrió hace una semana (y lo que comenzaba a escribir esta mañana, igual que lo que comenzaba a escribir hace una semana, era una tontería con la que no conectaba del todo, una tontería colosal y pretenciosa sobre mi traumatizante experiencia en el Edificio S de X universidad durante el terremoto del 19 de septiembre del 2017, cuando era posdoc y estaba en el limbo de la academia), y cuando volví a sentarme frente a la computadora, después de darle de comer Royal Canin a Kilitos de Amor y a sus hermanos, y después de recoger la arena de Kilitos de Amor y de sus hermanos, releí lo que había escrito y lo que había escrito me pareció una tontería digna de las columnas semanales de uno de esos escritores “consagrados” a los que les pagan por escribir una columna semanal –lo que les da la gana: “me gustó el espectáculo del Superbowl; si no te gustó, es tu problema; no sabes de música; “el shrink anota quién sabe qué en su libreta, es fin de año y se me fue la onda”– en diarios de circulación nacional. 

«¡Cuánto me gustaría conocer a alguien que me pagara por escribir las mismas tonterías que escribo en mi blog!», me digo mentalmente, y los Butthole Surfers inundan la estancia, y Gibby Haynes me hace imaginarlo en Exodus con Kurt Cobain, sentados junto a una ventana, en los últimos días de marzo de 1994. «El tipo se saltó la barda, pero, ya sabes, puedes salir de Exodus por la puerta principal; nadie está aquí en contra de su voluntad», le dice Gibby a Cobain, mientras los dos se fuman un Marlboro.

«Aunque tengas tiempo, no puedes escribir todo el tiempo», me sorprendo diciéndome mentalmente, y ya tengo los puños crispados, intento no morderme los labios, estoy furioso, frustrado, necesito una IV de morfina para lidiar con mi rabia. Y este mantra, «Aunque tengas tiempo, no puedes escribir todo el tiempo», que me persigue desde que abrí mi primer blog, en el 2006, cuando era cool tener un blog, no es lo mismo que “el bloqueo de escritor”. Eso que los escritores 'consagrados' –a quienes les pagan por escribir cosas similares a las que yo escribo en mi blog–, llaman 'bloqueo del escritor' es un pretexto, es un capricho, es falta de imaginación, es falta de disciplina, es falta de creatividad y perspectiva. Cuando yo digo que no puedo escribir aunque tenga todo el tiempo del mundo, no me refiero a que estoy bloqueado; me refiero a que siempre escribo pero que no siempre me gusta lo que escribo. Es diferente. Soy quisquilloso.

Lo que ocurre ahora mismo, lo que ha ocurrido desde que me levanté de la cama y vine a este lugar a escribir y usé como pretexto la necesidad de atención de Kilitos de Amor, es lo mismo que ha ocurrido en las últimas cuatro o cinco semanas, o tal vez desde un par de meses: he vivido tantas cosas en tan poco tiempo, que no puedo procesarlas, ni escribir sobre ellas. 

Me gusta escribir sobre lo que vivo, jamás me iría a Las Vegas a escribir una novela sobre un alcohólico y jugador que pierde todo su patrimonio en Las Vegas, jamás intentaría ser una mala imitación de Dostoievksi. Me gusta escribir sobre lo que vivo, jamás me iría al Coliseo Romano a escribir una novela sobre un gladiador que era un asesino serial, jamás me bastaría con tener un libro en los anaqueles de novedades de Sanborns. ¿Y tú...?

domingo, 15 de septiembre de 2024

Cure for pain

Me pasaste el cigarrillo, no podía dejar de recriminarme, estaba a punto de cumplir 8 meses sin fumar y no parecía gran cosa para alguien que había logrado dejar de fumar durante casi 8 años, que antes de esa abstinencia prolongada tenía dedos de nicotina, pero volver a fumar representaba no sólo haber vuelto a caer sino la punta del iceberg de todo lo que ocurriría, de todo lo que perdería, de todas las cosas que cambiarían en mi vida, apenas saliéramos de ese departamento, dejáramos la cama, nos vistiéramos, y pretendiéramos volver a nuestras vidas anteriores.

Le di una chupada al cigarrillo, sentí nuevamente cómo la nicotina y todos los compuestos cancerígenos se abrían camino hasta mis pulmones, olfateé el horrible aroma del tabaco impregnado en mis dedos y recordé cómo apestaba toda mi ropa cuando fumaba todo el tiempo, cuando fumar era lo primero que hacía al despertarme y lo último que hacía antes de acostarme a dormir, cuando me bañaba con un cigarrillo en los labios y hacía malabares para que no le cayera agua, cuando fumaba mientras caminaba a las siete am desde la estación Copilco y transitaba por El Paseo de las Facultades y llegaba a la Facultad de Medicina y subía los cinco pisos hasta el laboratorio de Todokoro, pensando en cuánto lo aborrecía, en cuánto deseaba terminar el doctorado, en cuánto deseaba yo mismo mi propia destrucción, y no volver a saber nada más de él.

Te devolví el cigarrillo y me sonreíste, y tu sonrisa me fulminó tal y como lo había hecho casi un mes atrás, en esa reunión en la que coincidimos casi por accidente, en el cumpleaños de un conocido que teníamos en común y que ni siquiera sabíamos que teníamos en común, cuando estábamos sentados en la sala de su casa y nos tomábamos unas cervezas artesanales y dejamos las botellas en una mesita de centro al mismo tiempo y de pronto nuestras manos entraron en contacto brevemente y para mí fue como un rush y como un flashback retorcido y quise salir huyendo de allí porque tuve una visión: tú podrías hacerme perder la razón, terminar con mi matrimonio de casi veinte años, herir a mi esposa y no merecer su perdón. 

Le diste una chupada al cigarrillo, vi cómo las volutas de humo se dispersaban en el espacio y me acordé de mi infancia, aparentemente siempre había estado condenado al tabaquismo, en todas mis visitas a casa del abuelo siempre estaba presente este olor peculiar, no tenía que esforzarme mucho para evocar a mi abuelo con su cajetilla de Raleigh en una mano y con un cigarrillo en la boca, haciendo algunos movimientos automáticos con la otra mano, sacándose esporádicamente el cigarrillo de la boca y luego dejando escapar el humo por la nariz y por la boca mientras platicaba cualquier cosa de su juventud, cuando había boxeado y le llamaban Kiko Serratos, cuando jugaba beisbol en el equipo de la fábrica de porcelana en la que trabajaba en la época en la que conoció a la abuela, cuando la abuela le prohibió seguir boxeando, cuando mi papá nació. 

Suspiraste y volviste a pasarme el cigarrillo y lo tomé y nuestras manos volvieron a hacer contacto como aquella vez en la fiesta de nuestro amigo y volví a sentirme electrificado y ya no supe si estaba teniendo un rush, un flashback retorcido o una resaca, pero me acordé de haber leído algo sobre Jean Nicot, este diplómatico francés que llevó el tabaco de América a Europa, y lo imaginé incitando a Catalina de Médici al vicio, y también me acordé de ese estudio de tabaquismo en el que decían que tener antecedentes de tabaquismo aumentaba cuatro o cinco veces el riesgo de engancharse con el tabaco y que, además de ser un factor de riesgo para contraer cardiopatías, EPOC y enfisema pulmonar –las enfermedades clásicas asociadas con el tabaquismo–, fumar aceleraba el envejecimiento del cerebro, encogía el tamaño del cerebro, y era un factor de riesgo para la demencia. Ese paper lo había leído en mi primer recaída, cuando ya no podía estar en abstinencia ni siquiera un par de días, cuando sabía que estaba precipitándome otra vez por la espiral del tabaquismo, cuando consideraba sufrir las potenciales consecuencias de ideaciones suicidas de la vareniclina, cuando estaba desesperado, cuando tú eras sólo una colega que no me caía muy bien y que veía esporádicamente en los pasillos de la universidad, cuando tú no formabas parte de mi vida, cuando tu voz y tu rostro no me perseguían en mis sueños, cuando nunca pensaba en ti. 

Me sonreíste otra vez y no pude evitarlo, tu mirada de atardecer, tus pupilas color avellana, tu cabellera azabache, tu aroma a perfume carísimo, me noquearon, aplasté el cigarrillo contra el cenicero en la mesita de noche y me lancé de nuevo.

viernes, 9 de agosto de 2024

ya no puedo hablar, tengo la garganta seca

me miran desde los pupitres, algunas estudiantes no levantan la mirada, otros compañeros toman notas en sus libretas, otras chicas toman fotografías con sus teléfonos, otros chicos intentan no distraerse en la última fila, y no soy una estrella de rock, pero esto es lo más parecido a ser una estrella de rock: estoy en trance, de pie, frente al pizarrón, el proyector está conectado a la Mac, me apoyo en una diapositiva en la que hice una caricatura de la vía biosintética de las catecolaminas, puse una neurona emisora y una neurona receptora, puse la maquinaria de biosíntesis en la neurona emisora, las enzimas que convierten tirosina en l-dopa y l-dopa en dopamina, y también puse el transportador vesicular de monoaminas, y los receptores de la familia D1 y de la familia D2 en la neurona postsináptica, y me encuentro como en un sueño, es el jueves 1 de agosto del 2024, de pronto me pregunto cómo fue el 1 de agosto de 1994, uno de mis primeros días de clases en la preparatoria, tengo un flashback, la enfermedad y el parecetamol con naproxeno sódico y la betametasona y la loratadina y el ambroxol y la dapaglifozina se apoderan de mis pensamientos y regreso al aula C-1 de la universidad, soy treinta años más viejo pero es el presente, y he estado enfermo desde el lunes, y hoy es jueves y estoy haciendo lo que me gusta, algo que tal vez más o menos sospechaba que podría ser mi vida adulta cuando estaba en la prepa (me fascinaba exponer en clases y prepararme y leer todo tipo de información relacionada con el tema de la exposición, y podía hacerlo solo, sin necesidad de ponerme de acuerdo con un grupo de compañeros), y en esta ocasión estoy hablando sobre los neurolépticos típicos (esos que fueron descubiertos accidentalmente en la década de los cincuenta), y también estoy hablando sobre los receptores ionotrópicos gabaérgicos y sobre el alcoholismo y sobre mi tío que bebía alcohol del 96 y que tiene más de un año sobrio porque lo amenazaron con quitarle la casa de mi difunta abuela, y también estoy hablando de la autopsia de Amy Winehouse, a quien le encontraron 416 mg/dl de alcohol en sangre, del alcoholismo de Amy Winehouse, de la sobre estimulación de los receptores gabaérgicos tipo a, de los que permiten la entrada de iones cloro al interior de la célula cuando son estimulados por el alcohol, por las benzodiacepinas y por los barbitúricos, y de pronto me quedo sin voz, siento escozor en la garganta, siento que mi garganta está seca, que la enfermedad me ha dado un gancho al hígado, que estoy noqueado, que no tengo fuerzas para continuar hablando sobre algunas celebridades que aparentemente también murieron por sobre estimulación de receptores gabaérgicos ionotrópicos, como Jimi Hendrix, o que estuvieron en coma, como Kurt Cobain, por haber combinado valium con champaña, que debí haberme quedado en casa, después de todo ni siquiera el cubículo que me asignaron en la universidad tiene mi nombre y después de todo ya tengo seis años en esta universidad y llegué como investigador nacional nivel uno y a partir del 1 de enero del 2025 seré investigador nacional nivel dos, y todo ha cambiado y sin embargo estoy igual o peor, y acaso me quedé callado o externé mis pensamientos en voz alta y por eso los estudiantes me miran desde los pupitres, algunos alumnos no levantan la mirada, otras compañeras toman notas en sus libretas, otros chicos toman fotografías con sus teléfonos, guardo silencio, inhalo y exhalo, estoy a punto de toser, siento escurrimiento nasal, les pregunto a los estudiantes qué hacen al final del trimestre con todas las fotografías que toman en mis clases, mientras una chica levanta la mano y le doy la palabra pienso en cuánto han cambiado las aulas en los últimos treinta años, cuando yo era estudiante ni siquiera había teléfonos celulares, mucho menos computadoras portátiles y iPads, ni ningún dispositivo que nos hubiera permitido tomar fotografías y verlas inmediatamente o almacenarlas inmediatamente en un dispositivo electrónico, y ella –la chica que pidió la palabra–, sonríe y dice que tiene un álbum de fotografías de todas las fotografías que toma en clases, y yo les sonrío y les digo a los estudiantes que sería divertida una exposición de todas las fotografías que toman en las clases del trimestre, y entonces inhalo y exhalo, el deseo de toser y el escurrimiento nasal han cesado momentáneamente, y vuelvo a mi clase, abandono las ensoñaciones, no soy más víctima de los flashbacks, me siento como una estrella de rock, reconozco que impartir una clase, o una conferencia, frente a un grupo de estudiantes, o público en general, y hacer todo lo que está a mi alcance para despertar su curiosidad, para interesarlos en un tema, y para que encuentren la manera de entender ese tema en sus propias palabras y el conocimiento les permita mejorar sus condiciones de vida y las de su comunidad y las de la humanidad, será lo más cerca que estaré de ser una estrella de rock, las aulas de clases son el escenario, el backstage son todas esas horas que invierto en la preparación de mis clases, esto, encontrarme de pie, quedándome sin voz, con un montón de medicamentos estallando en mi cerebro y en mi sistema nervioso autónomo, es lo más cerca que estaré de encontrarme en un escenario frente a millones de personas mientras ellas me prestan su atención y yo me acerco lentamente al micrófono, aparentando que no me importa nada, controlándome, equilibrando el rush y el nerviosismo, sintiendo oleadas de adrenalina ascender por mi vientre, tratando de ignorar que puedo equivocarme y mandar todo al carajo, sujeto la púa entre el pulgar y el índice, tomo aire, me preparo para la inmersión, digo «Gracias por estar aquí», toco la guitarra y la gente se vuelve loca apenas suena el primer acorde de la canción.

Ya estoy de nuevo en el Aula C-1, he recuperado el ritmo, ya no tengo ganas de toser, ya no siento escurrimiento nasal, ya no tengo la garganta seca de tanto hablar.   

miércoles, 31 de julio de 2024

oídos tapados


Tengo los oídos tapados, empiezo a toser, escucho a System of a Down, el cantante dice Desire y yo me siento medio aniquilado, todo lo que como me causa dolor, atraviesa mi garganta, hace que sienta que mi garganta es una herida abierta, el dolor que causan los alimentos es un dolor que no me desagrada del todo, se parece al dolor que provocan las cortaditas de papel en las manos, pero también tengo flemas, ayer eran incoloras, hoy son amarillas, pero sobre todo sentir los oídos tapados es lo que me hace saber qué tan enfermo estoy, todo comenzó el lunes, hacía calor, me llevé unos pantalones que dejan al descubierto los tobillos, me llevé unas calcetas cortas, estuve desde las diez y hasta las cinco en la universidad, tomé un seminario en línea y luego fui a hablar con el responsable de vinculación, quería aclararle algunas cosas de mi actualización de situación ante el SNII, vi a la secretaria académica, fue muy amable, luego trabajé un rato en el cubículo, envié mi solicitud de actualización laboral ante el SNII, llegó la chica que limpia el O011.14 y me salí y parecía un día totalmente distinto, hacía mucho viento y estaba nublado, y me metí a una sala de estudiantes, la puerta estaba abierta, estuve allí apenas cinco minutos, hacía mucho viento, cuando volví a la cubículo y me puse a trabajar otra vez sentí un escozor en la garganta, le di un sorbo a mi té de frambuesa y manzanilla, y empecé a producir mucha saliva, y sentí que tenía mocos atorados en la parte trasera de las fosas nasales, entre la garganta y la nariz, y luego vine a casa y más o menos lidié con las molestias, me tomé un paracetamol y un teraflú, y no pasé una buena noche, estuve con molestias en la garganta, pensando en si daría mi clase de las ocho de la mañana del martes, y me desperté con la molestia en la garganta, y me levanté y me bañé y me fui a la escuela y di mi clase y me sentí un poco mal, me había tomado otro paracetamol, y me quedé medio afónico aunque no hablé demasiado en clase, vi a otra estudiante que quiere hacer su servicio social en la centro neurológico de sueño, me topé con otra estudiante en los pasillos de la universidad, fui a servicios médicos en la universidad, me tomaron la temperatura y la presión, me dijeron que tengo un poco irritada la garganta, me dieron paracetamol y naproxeno sódico, volví a la casa temprano, entre las 12: 30 y las 13: 00, y llovió mucho, y me la pasé durmiendo y leyendo y enviando correos-e, y pasé una noche mejor que la del lunes pero mis flemas están súper verdes y ya empiezo a sentir constantemente la nariz tapada, igual que los oídos. Desde ayer estoy tomando celestamine cada 12 horas y naproxeno sódico con paracetamol cada 8 horas.

miércoles, 19 de junio de 2024

Caperucita Roja


Son las 4 pm del domingo y estoy como Tyler Durden, excepto que no he pasado por ningún club de la pelea; simplemente no he dormido en dos días. Y, sin embargo, o tal vez por ello, no puedo dejar de pensar en que me gusta estar cerca de ti. Es un pensamiento que me persigue a todas horas, como el karma de no haber nacido con suerte de cuna. Y no sé cómo explicarlo, pero, entre el millón de cosas que transcurren en mi mente (no me gustó mi plática y ya estoy escribiendo el siguiente guión de la siguiente plática: «Los hallazgos científicos que nos permiten tener el conocimiento actual de la neuroquímica del sueño, se remontan a principios del Siglo XX...»), tú eres la única que no se ha transformado en algo pasajero, tú eres la única que tiene alrededor de 24 horas en mi mente. 

Ahora, para variar, quiero orinar. Y pienso en lo que me dijiste cuando nos topamos en el baño –¡Qué lejos están los baños! y me acuerdo de tu sonrisa y de la forma en la que te pasaste el cabello por detrás de una oreja y cómo bajaste la mirada lentamente. O tal vez no ocurrió nada así. No he dormido en dos días. Ya no sé hasta qué punto es real lo que parece real. Mucho menos sé hasta qué punto lo que recuerdo ocurrió realmente como lo recuerdo. Nadie me entiende. Lo único en lo que pienso ahora que quiero orinar es en que tengo muchas cosas qué hacer, y en que tengo la glucosa altísima y en que no puedo dejar de pensar en todas las cosas que tengo qué hacer. Es un círculo vicioso. También estoy pensando en esta banda que venden como la mejor banda de rock mexicano en los últimos diez años. Se trata de una banda prefabricada. Y el público compra todo lo que le venden. Y hay mercenarios del arte. En todas las formas del arte. 

Y vuelvo a recordarte decir «¡Qué lejos están los baños!» y quiero aplazar estas incontrolables ganas de orinar. Y de pronto me pongo a pensar que también me preguntaste si nunca intenté hacer algo con la música. No recuerdo qué te contesté. No he dormido en dos días. Ya no sé hasta qué punto es real lo que parece real. Mucho menos sé hasta qué punto lo que recuerdo ocurrió realmente como lo recuerdo. Nadie me entiende. Pero me hubiera gustado decirte «Sí, lo intenté, y, cuando estaba en la prepa, tuve que meterme a un trabajo horrible para poderme comprar mi guitarra», pero, más bien, todo fue una mentira. Y recuerdo que estaba pensando decirte que había ocurrido algo similar con la escritura. Y entonces ya te habías sentado, estabas a mi derecha, y había una banda en vivo y tocaban alguna canción de rock de los sesenta y la música era tan estridente que apenas me permitía escucharte. Y te veías tan frágil. Y me acordé que alguna vez escribí un relato sobre ti y que te llamé Caperucita Roja. Porque en mi mente, mientras escribía, estabas vestida como Caperucita Roja. En algún punto saqué esta libreta y me dijiste algo como «¡Ay, qué bonita libreta!»

Ahora estoy cansado y estresado. Pienso en que todo es prefabricado. Si escuchamos a alguna banda que todo mundo dice que es la mejor banda de todos los tiempos, y pensamos que es la mejor banda de todos los tiempos, es una cuestión de publicidad. Y si leemos a algún autor que todo mundo dice que es el mejor autor de todos los tiempos, y lo creemos aunque lo hayamos leído y nos haya parecido terrible, también es cuestión de publicidad. 

Cierro mis manos en puño y aprieto. Tengo las uñas largas. Lastiman mis palmas. Son como alfileres o garras de gato. No sé por qué siempre me ha puesto de pésimo humor sentir que tengo las uñas largas. Me pone ansioso sentir que tengo las uñas largas. Y recuerdo que en algún punto, mientras la banda tocaba alguna canción de rock de los sesentas, saqué esta libreta y me puse a anotar alguna palabra al azar para retomarla después, cualquier día, como hoy, y que miraste la libreta y que dijiste algo como «¡Ay, qué bonita libreta!». Y también recuerdo que nos topamos en el baño. Y pienso en que, a lo mejor, sueño que éste es un sueño que siempre quise soñar, y que no es el mejor momento para soñar, que debo levantarme de este asiento, de una vez por todas, y que debo caminar hasta el baño y orinar. Y tampoco puedo dejar de pensar en que salir a la calle y caminar horas y horas en busca de nada no es mi plan ideal para aprovechar mi tiempo libre. 

jueves, 6 de junio de 2024

fix me



Son las 15: 34 de la tarde, y no me ha dejado de doler la cabeza desde ayer, cuando estaba leyendo una novela cuyo protagonista es un heavy metalero de 40 y tantos años. De “la vieja escuela”. De los que conocían a Metallica mucho antes de que lanzaran el álbum negro. De los que se saben la historia del heavy metal, de cómo Black Sabbath y Lemmy Kilmister contribuyeron al desarrollo del heavy metal.

La punzada apareció repentinamente en mi hemisferio derecho, más o menos a la altura de la corteza prefrontal. La sentí latir como si fuera una pequeña granada a punto de estallar.

En los momentos previos estaba pensando en que los escritores consagrados (como el autor de la novela que estaba leyendo), de una u otra manera, todos se parecen: tienen protagonistas irreverentes, perdedores (según los estándares de la sociedad mexicana), que escuchan música underground, que se quejan del sistema, que consumen enervantes, que tienen un amor platónico, que hacen cosas que se desvían de la normalidad. Que, en cierta forma, son como el Che Guevara: que prefieren morir como hombres en lugar de vivir como cobardes... 

Más concretamente, estaba pensando en que los protagonistas de esta clase de novelas de “héroes subterráneos” son, obviamente, el álter ego de los autores consagrados. Los protagonistas son individuos marginales, viven en condiciones paupérrimas, son divorciados, casi no tienen dinero, pero, al final, ocurre, casi siempre, una de dos cosas: o reciben una inesperada herencia que les facilita la vida, o tienen un amigo empresario que se apiada de ellos y que les da un contrato por hacer cualquier cosa y que les permite cultivar sus intereses artísticos o intelectuales.

La vida, más allá de los libros y de los círculos literarios, es otra cosa: casi siempre, por más que te esfuerces, te quedas en los primeros peldaños de las escaleras.

Leía, concretamente, una de las últimas páginas de la novela, cuando el Yulian está en una plaza atestiguando cómo la estrella pop del momento firma autógrafos en una tienda de música, y se pone a tocar “Helther Skelter”, para lidiar con su frustración. Reflexiona sobre su vida. La veinteañera que lo admira y con quien se ha acostado unas cuantas veces, además de ser mucho menor que él, sólo lo usa y pertenece a otra clase social. Paty Kay –el pato, el patito, el patitito...*–, su amor platónico y, además, una excelsa guitarrista, está muy lejos, tocando la guitarra en un circo que está de gira por Estados Unidos. Yulian se ha resignado a ver de vez en cuando a Brenda –la veinteañera–, pero no tolera que el patito le haya confesado que ella también lo ama. Yulian sabe que patito es una mujer complicada.

Entonces, la gente se acerca a Yulian y la estrella pop del momento no tolera ser opacado por un desconocido y le tira unas monedas y le dice que toque algo que él pueda cantar. Justo cuando el Yulian, exorcizando sus frustraciones, le estrella la guitarra en la cabeza a la estrella pop del momento, sentí la punzada.

¿Coincidencia?

Tal vez no.

La noche anterior me había bebido 6 cervezas. Y no las disfruté. Quién sabe por qué ya no disfruto el alcohol. Últimamente no me lleva a la zona, ya no me desinhibe, ya no borra mis prejuicios, ya no me ayuda a escribir. Estaba escribiendo un relato sobre un tipo de la Prepa 7 –¿mi álter ego?– que acabó en el Ministerio Público un día en el que se celebraba la quema del burro. Pero ése es otro tema –no he podido concluir ese relato, desde hace más de dos meses–: el punto es que me desperté con una terrible resaca, con la paranoia de la resaca, con la deshidratación de la resaca, con el cansancio de la resaca, con las náuseas de la resaca, con la ansiedad de la resaca y con todos esos síntomas horribles de la resaca que no recuerdo ahora mismo. 

Ya pasaron más de 24 horas desde entonces y sigo con la punzada. No es permanente, aparece esporádicamente. Casi cada dos horas. O menos. Cuando salí a correr, por la mañana, la sentía. Tengo la impresión de que ha ido disminuyendo el área que afecta. Que se ha ido recorriendo desde el extremo derecho de mi cerebro, hasta la línea media. 

Esta punzada me hace pensar en la cefalea tensional que sentía en los días previos a la cirugía en la que me suturaron una parte del esófago, con una parte del estómago. Mi médica me dijo que la cefalea tensional podía deberse al estrés. Hace unos minutos, Google me dijo que la cefalea tensional también podría deberse a la falta de sueño y al consumo de alcohol.

Temo que pueda tratarse de algo más grave: una advertencia de un ACV. 

Al rato tengo una cita telefónica. También puede ser eso. No me gusta hablar por teléfono. Mucho menos, si es una especie de cita. Mucho menos si es una videollamada. Nunca sé cómo concluir una llamada telefónica. No quiero ser grosero. 


*La muletilla con la que el autor se refiere a su amor platónico, ¡durante más del 30% de la novela de casi 400 páginas!

sábado, 25 de mayo de 2024

With the Memphis blues again


tengo arcadas una vez más
ayer me tomé 3 cervezas
estoy despierto desde las 4: 30
y escucho a Bob Dylan
y ya escribí algo sobre una novela
es una novela sobre un bobcat
ayer cumplió años Bob Dylan
y ya salió el sol
y tengo sueño
y las arcadas son intensas
y la canción que dice 
With the Memphis blues again 
ya está muriéndose
y no puedo dejar de sentirme frustrado

en realidad estoy pensando en otra cosa
en la muerte de Chris Cornell
en que el sábado pasado
cumplió 7 años de muerto
en que volvimos de Town Square
y me senté a escribir
y me encontré varias notas en Internet
que hablaban del 18 de mayo del 2017

ya pasó una semana desde entonces
y por más que trato de recordar 
cómo recibí esa noticia
–la muerte de Chris Cornell– 
y no recuerdo nada, no tengo nada qué escribir sobre él

me siento vacío
como si me hubieran dado un puñetazo
en el estómago
no dejo de toser esporádicamente
no he comido bien
la resaca me pone 
al borde del colapso mental
y físico

seguramente la muerte de Chris Cornell me impactó
pero no como lo habría hecho 
enterarme de la muerte de Kurt Cobain
el día que un electricista encontró su cadáver
si yo no hubiera estado en una secundaria tan marginal
como la secundaria en la que estaba en abril de 1994
me habría impactado la muerte de Kurt Cobain
de una manera insospechada
si hubiera sabido que su cadáver parecía un maniquí
abandonado en el invernadero de su casa en Lake Washington
me habría impactado de otra manera
si no hubiera convivido con compañeros que apenas conocían a los Caifanes
y que tomaban Presidente y que escuchaban salsa
en las fiestas clandestinas de fin de cursos

cuando Chris Cornell murió 
yo tenía algunas semanas en convalecencia
me habían operado apenas el 4 de mayo
y tomaba tramadol y antibióticos
y tenía unas vendas alrededor del vientre
y todo me provocaba arcadas 
y no podía comer gran cosa
y no hacía nada más que reposar
y no podía ni siquiera estar de pie 
y todo era doloroso 
y los gatos me veían con miradas raras
tal vez me veían como un sujeto en agonía
y me cuidaban y no saltaban de un lado a otro
y no se me subían por el pecho
y apenas podía moverme 
y caminaba con mucho dolor
y me sentía tan débil
que cualquier movimiento brusco
podría quebrarme, romperme
y dormitaba y dormía todo el día

tal vez por eso no recuerdo gran cosa
de la muerte de Chris Cornell
estaba lidiando con mi propio infierno

sábado, 11 de mayo de 2024

(I can't get no) satisfaction!


despertar entre sueños infernales
soñar que es el fin del mundo
moverse en la cama
con el alma molida
con el corazón incendiado
con el cerebro y sus cortocircuitos
y su consciencia llena de culpa
que es un diluvio de imágenes borrosas
tener un deseo incontrolable de agua
tan incontrolable como la inercia
la caída en el abismo del Jack Daniel's
y un poco de refresco de cola
o dos o tres cervezas y más y más whiskey

y saber que no será la última vez
que te sentirás al borde de la muerte
que las arcadas te carcomerán los pensamientos
que tendrás dificultades para respirar
que te pondrás ansioso
que estarás en el limbo durante un día o dos
que no podrás dormir
que no estarás completamente despierto

y saber lo que sabes
lo que siempre dices en aula
que el consumo dañino
de cualquier sustancia
está en la antesala de la dependencia

y recordar otras noches horribles
otros despertares del infierno
otros sueños cortados con cuchillo
otras pesadillas de la deshidratación

y escuchar el zumbido de la resaca
taladrar tus oídos segundo a segundo
diciéndote que no lo vuelvas a hacer
pidiéndote que te tomes una botella con agua
que olvides cómo vas desvaneciéndote
conforme el alcohol pasa de tu boca
a tu esófago y luego a tu estómago
y de ahí a la sangre y al cerebro
y apaga tu juicio y nubla tu razón
y suena incesacentemente
“Far Behind” o “Dead Moon”
y todo es oscuridad y noche
y tu alma es un calabozo

lunes, 22 de abril de 2024

Picar piedra


Ayer me puse los audífonos inalámbricos y empecé a aporrear el teclado
ya había hecho las labores domésticas de todos los días
y justamente en el cumpleaños de mi enemigo público #1
pude cerrar una idea que me daba vueltas en la cabeza desde el 18 de febrero
y no era consciente de ello, sólo me desconecté de la realidad
y me encontré esa entrada inconclusa que intenté escribir el 18 de febrero

Y en los audífonos Robert Smith cantaba “Waiting For The Deathblow”
y Pornography sonó una y otra vez, acaso tres o cuatro veces,
y finalmente concluí esa idea que me dio vueltas en la cabeza durante dos meses

Hoy me mido la glucosa y me siento del carajo
una cosa lleva a otra y veo que en todo el mes ha estado por los cielos
me da mucha hambre, no puedo controlar mi apetito
apenas como y ya tengo hambre
no importa cuán ocupado esté

En todo el mes sólo dos días he tenido niveles decentes de glucosa 
más o menos como debería estar 
si mi abuelo materno y mi bisabuelo paterno 
no me hubieran heredado nada
y si la pandemia no hubiera detonado
esta maldición

En ayuno un día tuve 121 mg/dl 
y ayer tuve 109 mg/dl
y hoy tuve 181 mg/dl
y está fatal
y recuerdo todo lo que comí y bebí ayer
y sin embargo la cabeza no está a punto de estallarme
y es un milagro
como el de esa canción de Leonard Cohen

El martes 16 de abril cumplí 3 meses sin fumar
y de vez en cuando, sobre todo al final de un día atareado,
se me antoja un Camel,
salir a la terraza, sentarme junto a la mesita de mármol,
sacarlo de la cajetilla, encenderlo,
sentir cómo la expectativa de dopamina
carbura en mi cerebro,
y darle una chupada

Pero no significa nada esta abstinencia
recaí durante casi 9 meses
y nunca fumé más de 5 cigarrillos al día
ni siquiera cuando estaba medio borracho
o totalmente borracho

Pero no significa nada esta abstinencia
dejé de fumar durante 8 años
y antes de eso fumaba tanto que tenía dedos de nicotina
y fumaba en ayuno
y mientras me bañaba
y mientras alimentaba a los gatos
y mientras caminaba hacia el laboratorio
del quinto piso de la facultad de medicina
todos los días por las mañanas
antes de que mi enemigo público #1
se convirtiera en eso
en mi enemigo público #1

En retrospectiva, creo que fumar me ayudaba un poco
cuando fumaba no comía como una rata con su hipotálamo jodido
o más bien creo que era un efecto placebo
o sólo mantenía mi boca y mi mente
ocupadas por la expectativa de un Camel

Mientras escribía esta mañana 
después de pincharme un dedo y medirme la glucosa
con el sacrificio de sangre de todos los días
de los últimos tres años
me puse a pensar en varias cosas 

En picar piedra

En algunos colegas que llegaron al mismo tiempo que yo 
a esta universidad
y entonces cuando llegamos los tres a esta universidad
yo ya tenía 5 años de experiencia docente 
como profesor de asignatura
y ya era Investigador Nacional I
y ya tenía hasta un paper como autor corresponsal
y ellos llegaron a esta universidad a adquirir experiencia docente 
y ni siquiera eran candidatos a Investigadores Nacionales

Y no es que me caigan mal ni nada similar
sólo que ellos ahora ya son profesores indeterminados
y yo sigo picando piedra
y no veo cuándo cambiará la situación
y ya hasta busqué promoverme a Investigador Nacional II
en esta convocatoria del SNII

Leo las cosas que escribo atropelladamente en mis blogs
Leo las cosas que escribo improvisadamente en mis blogs
Leo las cosas que escribo caóticamente en mis blogs

Y pienso en que mi primer blog lo comencé a usar en el 2006
y no es una trivialidad
ya escribía desde mucho antes
desde que aprendí a escribir
y mis blogs son un reflejo de todo lo que hago
y me pregunto si alguien se dará cuenta 
que todo esto que hago, no lo hace cualquier persona

Me pregunto si alguien leyera todas estas cosas atropelladas,
improvisadas y caóticas que escribo, diría algo bueno sobre mí
y reconociera un poco de todas las cosas que hago

Me pregunto si me daría crédito
o si diría que tengo que seguir picando piedra
que estoy condenado por mi círculo social
que nunca voy a dejar de usar martillo y cincel
aunque tenga una colección de Moleskine

Me pregunto si pensaría
«Si Marcel escribía todas estas cosas en sus ratos libres,
¿qué haría, profesionalmente?,
¿por qué nadie se daba cuenta que tenía que sortear tantos obstáculos?,
¿por qué nadie se daba cuenta que siempre 
estaba nadando para llegar a la orilla?,
¿por qué nadie se daba cuenta 
que se mantenía a flote, a pesar de todo?,
¿por qué nadie se daba cuenta que, 
cuando parecía que estaba cerca de la orilla, 
su mundo se convertía en un océano?,
¿por qué nadie se daba cuenta que siempre 
aparecía alguna autoridad que aseveraba 
“¡Por favor!, Marcel ni siquiera se ha metido al agua”, 
y que todos los followers de esa autoridad miraban a otro lado...?»

Mi senior cat llora desconsoladamente
maúlla como si estuviera ocurriéndole 
lo más terrible que pudiera ocurrirle a un gato
y me hace salir a la superficie de este lunes 22 de abril del 2024

Me duele un poco la cabeza
Tengo un ataque de sueño
La visión borrosa
Un calambre en la mano izquierda

Mi senior cat siempre hace lo mismo 
cuando toma a su perro de peluche
y lo acarrea con el hocico de un lado a otro de la casa
y lo sube por las escaleras, y lo baja a la cocina,
y lo pone junto al recipiente con agua, 
y lo muerde y lo arrastra por aquí y por allá,
y no deja de llorar desconsoladamente

Y yo no puedo ignorarlo
y siento como si alguien me pasara un cuchillo por la garganta
como si estuviera desangrándome
como si siempre tuviera que estar nadando contra la corriente
como si mi vida se convirtiera en un océano
cuando estoy llegando finalmente a la orilla

Supongo que el perro de peluche de mi senior cat 
le recuerda a su mamá

A él lo abandonaron en la calle cuando era un bebé
y nosotros lo adoptamos y él es muy feliz
pero no ha superado ese trauma de la separación 
tiene su estrés postraumático

A su manera, él también 
está condenado a picar piedra
eternamente

domingo, 21 de abril de 2024

la paradoja del paper aceptado pero no publicado

el punto es aprender, no olvidar que hace 3 años, en la Navidad, ya estaba escrita la primera versión de este MS, que tuve que insistir mucho para que los PI's no lo ignoraran, que esperé casi medio año para obtener la primera retroalimentación de uno de ellos, el punto es que yo propuse este MS, que me metí a un terreno que no me gusta, que no domino, que hice todo yo solo (una vez más), que volví a hacer todas las funciones de un corresponsal pero que en el papel me relegaron al papel del primer autor (una vez más), el punto es que esto me hace sentir como si estuviera en el posgrado o como si fuera un posdoc, como si estuviera estancado, que parece una letanía hacer el trabajo del corresponsal y no ser el corresponsal (una vez más) y no tener la última palabra y no tener autoridad para agilizar nada, ningún trámite, y no poder tomar decisiones sobre nada, sólo esperar por vistos buenos y tener que seguir esperando vistos buenos, que los PI's se aferren a mandar el MS a revisión de estilo, que no estén enterados de que apenas dentro de un mes cumpliré diez años de haber hecho mi examen de grado del doctorado y que ya tengo casi veinte papers publicados (más del 90% en revistas internacionales evaluadas por pares), que en la mayoría soy autor principal o autor corresponsal, que yo he escrito estos papers en inglés, que algunos ni siquiera los he mandado a revisión de estilo, que por eso obtuve el nombramiento de Investigador Nacional I en mi primera solicitud de ingreso al SNII, el punto es que todo esto te hace sentir que sólo sigues instrucciones, que no tienes iniciativa aunque hayas propuesto un MS y aunque lo hayas escrito tú solo y aunque ya no estés en el posgrado ni en el posdoc, que tal vez estás dramatizando, que todo esto te remonta al estrés postraumático que asocias con tu enemigo público #1, que tal vez le das la razón a los académicos que se vuelven controladores, que tienen una necesidad de poder muy alta, que tal vez la academia te orilla a ver las cosas así, el punto es que yo escribí solo este MS, que yo lo propuse, que fue un reto personal que yo me impuse, que le contesté yo solo las cuarenta y tantas peticiones a los revisores, que el MS fue aceptado, que aprendí a hacer figuras profesionalmente, que el MS ya está aceptado, que lo escribí yo solo, que todo el proceso con este MS es un recordatorio de que yo puedo publicar solo, que no necesito a nadie, que debo pensar que las revistas te están forzando a pagar por las publicaciones, que ninguna institución quiere pagar por este MS, que hay tres instituciones involucradas, el punto es que yo hice todo solo, que escribí una revisión en un tema que no me vuelve loco, que yo solo subí el MS a la plataforma de la revista (como otras tantas veces, con otros tantos MSs), que yo solo les contesté a los revisores, que el paper ya está aceptado, que ninguna de las tres instituciones involucradas en este MS quiere pagar la publicación, que no tendríamos por qué pagar, que este es nuestro trabajo y que además tenemos que pagarle a la revista, que hoy es domingo, que tengo resaca, que la calidad del aire es pésima, que ayer salí a correr, que tengo sed, que estoy deshidratado, que me siento triste, que publicar puede resultar frustrante, que esta experiencia me remonta a otra experiencia en la que una colega me dejó colgado con unos datos de uno de los grupos control, que aun así escribí un MS con los datos que tenía, que iba a ser autor corresponsal en ese paper, que había cuatro personas como coautores, que acabé de escribir ese MS en unas vacaciones de Navidad, que sometí ese MS a una revista que no cobraba Open Access, que rechazaron ese paper casi de inmediato –¡faltaban los datos de uno de los grupos control!–, que lo escribí yo solo, que odiaba los datos que tenía, que la revista rechazó el paper pero nos recomendó someterlo a otra revista con Open Access, que ya no podré rescatar esos datos porque eso implicaría correr todos los experimentos desde cero, que ya no tengo paciencia para correr esos experimentos, que odio las técnicas de biología molecular, que mis torpes manos son incapaces de seguir correctamente un protocolo de Western Blot, que tengo desesperanza aprendida, que quién sabe cuántas veces mis ex compañeros del posgrado sabotearon mis protocolos de inmunofluorescencia, que ya no tengo tiempo para agrupar en camadas pequeñas a varios grupos de ratas desde el día postnatal tres y hasta el día postnatal veintiuno, el punto es que el edificio en el que se llevaron a cabo los experimentos originales de este MS que rechazó la revista casi de inmediato sufrió daño estructural en el terremoto del 2017 y que el edificio ya fue demolido, que no podría usar estos datos y compararlos con otros datos generados en un lugar totalmente distinto, el punto es que tenemos que pagar por el trabajo que hacemos y que me gusta escribir desde que aprendí a escribir, que me obsesiona lo que escribo, que he pasado varias madrugadas escribiendo en lugar de dormir, que he pasado varias semanas de vacaciones escribiendo en lugar de descansar, que he aborrecido tener que interrumpir mi escritura porque tengo que comer, el punto es que la academia me está poniendo muchos obstáculos cuando escribo y quiero publicar, que me urge publicar un libro de relatos, que necesito esa paz mental, que todo lo que ha pasado es una muestra de mis capacidades y límites y que ya no es necesario que mi prioridad sea buscar alianzas con mis pares para publicar, que mis pares no tienen por qué saber cuánto me gusta escribir ni tienen por qué darme crédito si soy un huérfano académico y siempre tengo que empezar de cero, el punto es que al final yo sé cuál es el punto.

martes, 6 de febrero de 2024

dictamen pendiente


Ya no sé cuántos días llevo así, sin dormir, revisando enfermizamente el correo-e, teniendo taquicardias cada vez que me llega una notificación al teléfono, repasando mentalmente, en una fracción de segundos, cómo me fue en la entrevista hoy, y cómo me sentí en la entrevista de hace un año, y cómo me sentí en la entrevista de hace dos años –intentando escindir mi cerebro emocional mi cerebro racional– y repitiéndome a mí mismo Ya ganaste dos veces, dos concursos similares a este, pero también pensando en que esta puede ser la primera vez que pierda, en que siempre existe la posibilidad de perder cuando compites por algo, en que no tengo ni corazón ni cabeza para buscar mañana o pasado mañana, o cuando sea que reciba malas noticias en el peor escenario hipotético que ha elaborado mi mente, un empleo de emergencia.

En fin, reviso el teléfono por enésima ocasión en lo que va del día (y en lo que va de las últimas dos o tres semanas), pero la taquicardia nada más fue un gasto innecesario de sangre, resulta ser una falsa alarma, la notificación es irrelevante...

«KAVAK: cotiza tu auto inmediatamente...»
«Elon Musk acaba de subir una foto a X...»
«Paty López acaba de publicar un video en TikTok...»

... y, temporalmente, me siento tranquilo. 

La lluvia torrencial que ha inundado los túneles de mi mente, la tormenta que ha arrasado con mi mente, el huracán emocional que ha anidado en mi mente, me han dado tregua. Temporalmente. 

Sólo el tiempo suficiente para descansar, para asimilar que no he recibido malas noticias, que no llegarán justamente en estos segundos que me he tomado para revisar el teléfono, el breve periodo entre hoy y los próximos minutos, horas y días, a partir de los siguientes veinte o treinta segundos, el breve tiempo entre este instante y el futuro, el breve respiro entre el estrés con el que he lidiado desde los últimos días de enero, cuando fue publicada la convocatoria en la que participé, y hoy. 

Sé que en cuanto guarde de nuevo el teléfono en el bolsillo de mis pantalones, volveré a darle vuelta a la pregunta recurrente: ¿y si pierdo...?

Me repito el mantra de las últimas semanas:

«No mereces esto, no deberías pasar por esta tortura cada año, ya tienes más de diez años en este negocio, ya has sufrido mucho, nunca has hecho el mínimo esfuerzo, allí están las pruebas a la vista de todos...»

Me siento frente al televisor. 
Lo enciendo. 
Reparo en que sólo veo la tele cuando no quiero pensar, cuando quiero huir de la realidad, cuando la realidad me abruma. 

En la pantalla, Jessica Jones está a punto de tener un ataque de pánico y repite su propio mantra...

«Birch Street, Higgins Drive, Cobalt Lane...»

... y cierro los párpados pero los abro inmediatamente, no quiero ponerme paranoico, no quiero tener un malviaje de cortisol, y no quiero hacerlo pero recuerdo cuándo conocí a la protagonista de la serie de Marvel: cuando estaba en los últimos meses del doctorado, cuando ya tenía varias publicaciones como primer autor, cuando ya tenía varios años de experiencia docente, cuando tenía muchas razones para entusiasmarme por el posdoc y por mi futuro; cuando, sin embargo, era muy desdichado, cuando odiaba mi existencia, cuando convivía a diario con seres tóxicos, con personajes que podrían pasar por personajes de las novelas de Jeff Lindsay o de los relatos de Del James, cuando algunos de esos seres tóxicos minimizaban mi trabajo para “motivarme” o para saciar su sed de poder...

«Sólo sigues instrucciones...»
«Lo que deberías estar haciendo es preparar café...»

... cuando Jessica Jones no era Jessica Jones, sino Jane Margolis –la novia de Jesse Pinkman–, cuando Mr. White ya estaba harto de ella y de Pinkman y los descubrió en un viaje de opiáceos y ella comenzó a ahogarse con su propio vómito y Mr. White decidió colocarla boca arriba en la cama y dejarla morir por broncoaspiración.

Y pienso en que siempre he vivido estresado, en que por eso no entiendo cuando alguien sufre y me dice que no es capaz de soportar que le rechacen un paper o que en su trabajo no lo dejen tomarse dos horas diarias para comer o que no pueda salir de vacaciones a la playa al menos una vez al año. O que no le den una plaza indeterminada cuando apenas tiene un par de meses de haber salido del doctorado. O cosas así.

En la pantalla, el mantra de Jessica Jones surte efecto, y recuerdo otra vez esos últimos meses en el doctorado, cuando conocí a Jane Margolis y no me perdía un solo capítulo de Breaking Bad, cuando tenía que consumir sustancias inusuales para soportar el estrés, cuando siempre estaba a la espera de malas noticias en un correo-e...

«Hello! Hello!
¿Qué carajos tienes en la cabeza...?
¡Más de una puta vez te he dicho que no sólo soy PhD...!»

Y recuerdo cómo me sentí, y pienso en que esa época ya quedó atrás, en que, pase lo que pase, por más horrible que sea mi presente, jamás volveré a dejar que se repita una situación similar. Que he aprendido una que otra cosa de la vida.

Pero también reconozco que siempre he vivido al límite, que siempre he lidiado con el estrés, que siempre he tenido que tomar mis precauciones, que me he acostumbrado a la mala vida.

Que, sin embargo, como dice esa horrenda canción de Héroes del Silencio que odio tanto y que no puedo sacar de mi cabeza justo en este momento...

«Siempre es la misma función, el mismo espectador
El mismo teatro en el que tantas veces actuó...»

... y mi (atormentada) reflexión es que esta tortura de cada año es mi mito de Sísifo, que no basta con ser bueno en lo que uno hace, que no basta con tener evidencia comprobable de que uno es bueno en lo que hace, que lo que en verdad importa es (casi siempre) tan subjetivo y tan egoísta y tan malévolo que resulta absurdo, frustrante y doloroso.
 
Hace tantas semanas que no he dormido bien, hace tantas semanas que he estado dándole vueltas a la pregunta recurrente, hace tantas semanas que he estado lamentando no tener más opciones, hace tantas semanas que he estado lamentándome por no tener el empleo de mis sueños (y por no tener resuelta mi vida económica), hace tantas semanas que no he dormido bien, hace tantas semanas que he estado quejándome por tener que hacer cuatro o cinco veces las cosas que a otras personas les ponen en bandeja de plata... que ya no sé nada. 

Quiero cerrar los párpados y descubrirme en un mundo paralelo, en uno en el que todo este drama insoportable sea sólo ficción –una serie de televisión, la adaptación al cine de una novela... Pero no: esta es la realidad. Y seguirá siendo la realidad de cada año, si no busco un camino diferente (otra vez).