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domingo, 6 de octubre de 2024

What do they know about love...?

Estoy sentado frente a la computadora por tercera o cuarta vez en lo que va del día, hace frío, son las seis de la tarde del domingo, ya me puse la pijama que compré hace rato en el Costco, había un montón de gente en el Costco pero no tanta gente como el martes, que fue día feriado porque Claudia Sheinbaum recibió la banda presidencial –¡la primera presidenta de México!–, y los ojos me lloran, me escuecen, tengo la nariz tapada y el cuerpo cortado, mi piel es un campo minado, y es la segunda vez que me enfermo en tres meses, o tal vez es la alergia estacional, una más de las razones por las cuales no me gusta esta época del año, y la odio, particularmente, porque, además, es la época del año en la que cumplo años (para mí, ya estamos en diciembre, ya cumplió años Jim Morrison, falta poco para que Eddie Vedder cumpla años y para que las familias se reúnan a cenar pavo y lomo relleno y ensalada de manzana, y para que el mundo mire el desfile en Times Square por televisión –¿suena “Over the rainbow”, de Israel Kamakawiwo'ole?–, y el año ya se acabó, y no puedo dejar de acordarme de todas las posadas del 20 de diciembre en las que me obligaron a escuchar “Las Mañanitas” y a soportar que un invitado genérico, que no tenía ni la más remota idea de quién era yo y cuánto odiaba los cumpleaños genéricos –no soy la clase de persona que usa como pretexto sus cumpleaños para mimarse y procrastinar, o que sube fotos de sus cumpleaños en redes sociales–, me aplastara la cabeza contra el pastel, mientras todos aplaudían y sonreían, y lo sé: no puedo superarlo, y tengo tantos prejuicios que no sé qué tipo de terapia sería la mejor para mí), pero, afortunadamente, cuando estoy a punto de precipitarme en el abismo, una canción de los Butthole Surfers inunda la estancia –What do they know about love, my friend...?, canta Gibby Haynes–, gracias Alexa, no reprodujiste a esa cursi banda pop llamada Melvins y que no tiene la más remota idea de que existen los Melvins de los 80, de Montesano, y suspiro, siento cómo el aire caliente inunda mis fosas nasales, y le doy otro sorbo al Jack Daniel's con Coca Cola –si fuera un ingenuo que no sabe nada de farmacología y que nunca ha tenido un malviaje, estaría preocupado, preguntándome si me voy a “cruzar” por mezclar loratadina, paracetamol y whiskey, pero sí estoy preocupado por el daño que le hago a mis riñones, por la cantidad de nefronas que han matado mis hábitos, por el daño que ha sufrido mi estómago, no sé qué tan saturada estará mi alcohol deshidrogenasa en este momento, cuando escupo estas líneas, y también estoy preocupado por el daño que ha sufrido mi hígado a lo largo de tantas décadas de atracones de alcohol en fines de semana–, pero empiezo a sentirme ligero, como la primera vez que tomé alcohol a escondidas, cuando acababa de volver a la casa de mis papás después de comprar el recién lanzado a la venta MTV Unplugged In New York, era la Noche Buena de 1994, acababa de terminar la secundaria, y me serví dos o tres vasitos de Johnnie Walker de la cantina de mi papá, estaba mortalmente aburrido, y subí a mi recámara y me los bebí en tiempo récord, mientras escuchaba a Kurt Cobain, desde el más allá, decirle a la audiencia de los Sony Studios de New York que iba a tocar una versión solista de “Pennyroyal Tea” y en la casa reinaba una atmósfera de funeral porque los abuelos maternos y paternos nos habían “dado el cortón” y no irían a cenar con nosotros– y, en fin, en el presente del domingo seis de octubre del 2024, mis ojos no son mis ojos ya, sino los ojos de otra persona, pero los ojos de esta otra persona anidan en las cuencas de mis ojos y son un par de granadas a punto de estallar. 

Cierro los párpados como si pudiera desasirme del par de granadas (que son los ojos de otra persona) que amagan con volar mi materia cefálica, y como si pudiera desasirme de esta maldición: en todo el día no he podido escribir; y no, no es 'el bloqueo del escritor'.

En la mañana, en cuanto me levanté (porque soñaba que unos evangelistas me bautizaban en una alberca y que Chinaski me pedía el divorcio en frente de todos los estudiantes del último curso que impartí; la clase de sueños que puedo tener después de terminar mi contrato temporal del 2024, después de haber visto Ed Wood, de Tim Burton, y después de haber tenido una discusión con Chinaski porque no le gustó Ed Wood, de Tim Burton, y porque yo mismo me siento mal por haber tenido un blackout provocado por el espíritu del vino de hace una semana y por haberle llamado la atención enfrente de mis colegas en un elevador) y todo estaba en penumbra y en silencio, vine a este mismo lugar, y me senté frente a la computadora, como ahora, y la encendí y me dispuse a escribir, como ahora, pero, al cabo de un par de minutos, cuando una idea comenzaba a fluir, cuando (creía) comenzaba a entrar en la zona, llegó Kilitos de Amor y maulló una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, y me pidió comida y atención. 

Tuve que abandonar lo que empezaba a escribir por la mañana, cuando Kilitos de Amor demandó mi atención, justo como ocurrió hace una semana (y lo que comenzaba a escribir esta mañana, igual que lo que comenzaba a escribir hace una semana, era una tontería con la que no conectaba del todo, una tontería colosal y pretenciosa sobre mi traumatizante experiencia en el Edificio S de X universidad durante el terremoto del 19 de septiembre del 2017, cuando era posdoc y estaba en el limbo de la academia), y cuando volví a sentarme frente a la computadora, después de darle de comer Royal Canin a Kilitos de Amor y a sus hermanos, y después de recoger la arena de Kilitos de Amor y de sus hermanos, releí lo que había escrito y lo que había escrito me pareció una tontería digna de las columnas semanales de uno de esos escritores “consagrados” a los que les pagan por escribir una columna semanal –lo que les da la gana: “me gustó el espectáculo del Superbowl; si no te gustó, es tu problema; no sabes de música; “el shrink anota quién sabe qué en su libreta, es fin de año y se me fue la onda”– en diarios de circulación nacional. 

«¡Cuánto me gustaría conocer a alguien que me pagara por escribir las mismas tonterías que escribo en mi blog!», me digo mentalmente, y los Butthole Surfers inundan la estancia, y Gibby Haynes me hace imaginarlo en Exodus con Kurt Cobain, sentados junto a una ventana, en los últimos días de marzo de 1994. «El tipo se saltó la barda, pero, ya sabes, puedes salir de Exodus por la puerta principal; nadie está aquí en contra de su voluntad», le dice Gibby a Cobain, mientras los dos se fuman un Marlboro.

«Aunque tengas tiempo, no puedes escribir todo el tiempo», me sorprendo diciéndome mentalmente, y ya tengo los puños crispados, intento no morderme los labios, estoy furioso, frustrado, necesito una IV de morfina para lidiar con mi rabia. Y este mantra, «Aunque tengas tiempo, no puedes escribir todo el tiempo», que me persigue desde que abrí mi primer blog, en el 2006, cuando era cool tener un blog, no es lo mismo que “el bloqueo de escritor”. Eso que los escritores 'consagrados' –a quienes les pagan por escribir cosas similares a las que yo escribo en mi blog–, llaman 'bloqueo del escritor' es un pretexto, es un capricho, es falta de imaginación, es falta de disciplina, es falta de creatividad y perspectiva. Cuando yo digo que no puedo escribir aunque tenga todo el tiempo del mundo, no me refiero a que estoy bloqueado; me refiero a que siempre escribo pero que no siempre me gusta lo que escribo. Es diferente. Soy quisquilloso.

Lo que ocurre ahora mismo, lo que ha ocurrido desde que me levanté de la cama y vine a este lugar a escribir y usé como pretexto la necesidad de atención de Kilitos de Amor, es lo mismo que ha ocurrido en las últimas cuatro o cinco semanas, o tal vez desde un par de meses: he vivido tantas cosas en tan poco tiempo, que no puedo procesarlas, ni escribir sobre ellas. 

Me gusta escribir sobre lo que vivo, jamás me iría a Las Vegas a escribir una novela sobre un alcohólico y jugador que pierde todo su patrimonio en Las Vegas, jamás intentaría ser una mala imitación de Dostoievksi. Me gusta escribir sobre lo que vivo, jamás me iría al Coliseo Romano a escribir una novela sobre un gladiador que era un asesino serial, jamás me bastaría con tener un libro en los anaqueles de novedades de Sanborns. ¿Y tú...?

jueves, 6 de junio de 2024

fix me



Son las 15: 34 de la tarde, y no me ha dejado de doler la cabeza desde ayer, cuando estaba leyendo una novela cuyo protagonista es un heavy metalero de 40 y tantos años. De “la vieja escuela”. De los que conocían a Metallica mucho antes de que lanzaran el álbum negro. De los que se saben la historia del heavy metal, de cómo Black Sabbath y Lemmy Kilmister contribuyeron al desarrollo del heavy metal.

La punzada apareció repentinamente en mi hemisferio derecho, más o menos a la altura de la corteza prefrontal. La sentí latir como si fuera una pequeña granada a punto de estallar.

En los momentos previos estaba pensando en que los escritores consagrados (como el autor de la novela que estaba leyendo), de una u otra manera, todos se parecen: tienen protagonistas irreverentes, perdedores (según los estándares de la sociedad mexicana), que escuchan música underground, que se quejan del sistema, que consumen enervantes, que tienen un amor platónico, que hacen cosas que se desvían de la normalidad. Que, en cierta forma, son como el Che Guevara: que prefieren morir como hombres en lugar de vivir como cobardes... 

Más concretamente, estaba pensando en que los protagonistas de esta clase de novelas de “héroes subterráneos” son, obviamente, el álter ego de los autores consagrados. Los protagonistas son individuos marginales, viven en condiciones paupérrimas, son divorciados, casi no tienen dinero, pero, al final, ocurre, casi siempre, una de dos cosas: o reciben una inesperada herencia que les facilita la vida, o tienen un amigo empresario que se apiada de ellos y que les da un contrato por hacer cualquier cosa y que les permite cultivar sus intereses artísticos o intelectuales.

La vida, más allá de los libros y de los círculos literarios, es otra cosa: casi siempre, por más que te esfuerces, te quedas en los primeros peldaños de las escaleras.

Leía, concretamente, una de las últimas páginas de la novela, cuando el Yulian está en una plaza atestiguando cómo la estrella pop del momento firma autógrafos en una tienda de música, y se pone a tocar “Helther Skelter”, para lidiar con su frustración. Reflexiona sobre su vida. La veinteañera que lo admira y con quien se ha acostado unas cuantas veces, además de ser mucho menor que él, sólo lo usa y pertenece a otra clase social. Paty Kay –el pato, el patito, el patitito...*–, su amor platónico y, además, una excelsa guitarrista, está muy lejos, tocando la guitarra en un circo que está de gira por Estados Unidos. Yulian se ha resignado a ver de vez en cuando a Brenda –la veinteañera–, pero no tolera que el patito le haya confesado que ella también lo ama. Yulian sabe que patito es una mujer complicada.

Entonces, la gente se acerca a Yulian y la estrella pop del momento no tolera ser opacado por un desconocido y le tira unas monedas y le dice que toque algo que él pueda cantar. Justo cuando el Yulian, exorcizando sus frustraciones, le estrella la guitarra en la cabeza a la estrella pop del momento, sentí la punzada.

¿Coincidencia?

Tal vez no.

La noche anterior me había bebido 6 cervezas. Y no las disfruté. Quién sabe por qué ya no disfruto el alcohol. Últimamente no me lleva a la zona, ya no me desinhibe, ya no borra mis prejuicios, ya no me ayuda a escribir. Estaba escribiendo un relato sobre un tipo de la Prepa 7 –¿mi álter ego?– que acabó en el Ministerio Público un día en el que se celebraba la quema del burro. Pero ése es otro tema –no he podido concluir ese relato, desde hace más de dos meses–: el punto es que me desperté con una terrible resaca, con la paranoia de la resaca, con la deshidratación de la resaca, con el cansancio de la resaca, con las náuseas de la resaca, con la ansiedad de la resaca y con todos esos síntomas horribles de la resaca que no recuerdo ahora mismo. 

Ya pasaron más de 24 horas desde entonces y sigo con la punzada. No es permanente, aparece esporádicamente. Casi cada dos horas. O menos. Cuando salí a correr, por la mañana, la sentía. Tengo la impresión de que ha ido disminuyendo el área que afecta. Que se ha ido recorriendo desde el extremo derecho de mi cerebro, hasta la línea media. 

Esta punzada me hace pensar en la cefalea tensional que sentía en los días previos a la cirugía en la que me suturaron una parte del esófago, con una parte del estómago. Mi médica me dijo que la cefalea tensional podía deberse al estrés. Hace unos minutos, Google me dijo que la cefalea tensional también podría deberse a la falta de sueño y al consumo de alcohol.

Temo que pueda tratarse de algo más grave: una advertencia de un ACV. 

Al rato tengo una cita telefónica. También puede ser eso. No me gusta hablar por teléfono. Mucho menos, si es una especie de cita. Mucho menos si es una videollamada. Nunca sé cómo concluir una llamada telefónica. No quiero ser grosero. 


*La muletilla con la que el autor se refiere a su amor platónico, ¡durante más del 30% de la novela de casi 400 páginas!

domingo, 24 de diciembre de 2023

orquídea azul

Era la Noche Buena del 2006, y tú y yo nos habíamos conocido hacía 6 meses en el Alicia, la noche de la presentación de Hasta Ahora Todo Va Bien, de los Silencios Incómodos. Todo iba bien entre nosotros, nos veíamos y hablábamos por teléfono, nos escribíamos cartas y chateábamos por messenger. 

Era la Noche Buena del 2006, y salí a la calle a comprarme unos Levi's y Get Behind Me, Satan de los White Stripes, y los escuchaba muy seguido, y me habías dicho que te gustaba más Elephant y que tu canción favorita era “Ball & Biscuit”. Al volver a la casa, me metí en mi recámara, hacía un frío insoportable, y puse en el reproductor de cd el álbum que acababa de comprarme. 

La primera canción me hizo pensar en ti, en cómo había sido nuestra relación, en que estabas dispuesta a seguirme hasta el infierno, en que me hipnotizaban tus ojos de gatita asustada, en que me hipnotizaban tus labios carnosos y tus brackets, en que me hipnotizaba el tono de tu voz y tus enormes pechos misteriosos, y, sin embargo, no quería perder la cabeza por ti, no quería enamorarme de ti. Temía que te hartaras de mí y que me dejaras y que yo volviera a...