Tuvimos teléfono fijo en casa cuando estaba en el tercer año de la secundaria. Y por mí estaba bien. Había sido un poco raro cuando en la primaria una chica que me gustaba, finalmente me daba su número telefónico y ella me pedía el mío y yo tenía que darle el de la casa de las abuelas y advertirle que no teníamos en casa, pero nada del otro mundo. Y, a lo mejor, porque muchos años no tuve acceso a un teléfono fijo en casa, nunca he sido tan fan de hablar por teléfono. O quizá no tiene nada que ver lo uno con lo otro. Quizá que te guste hablar por teléfono es una cuestión más de personalidad, de cuánto te gusta interactuar con otras personas en general. O de cuánto tu estilo de vida te condiciona a hablar por teléfono. Tengo conocidos con personalidades muy distintas a la mía, y tengo la impresión de que a ellos sí les gusta hablar por teléfono. Que hablar por teléfono está en el Top 10 de las cosas que más les gusta hacer.
Blog N' Roll
A veces escucho música
martes, 29 de septiembre de 2026
no soy nada fan del teléfono
Dato basura: el día que instalaron la línea telefónica en casa fue miércoles o jueves y llovía por la tarde y jugaban los Pumas contra el América en El Estadio Olímpico de CU y transmitían el juego por la tele. (Ahora he corroborado esta información en Internet: el juego se disputó el 24 de septiembre de 1992, correspondía a la temporada 92-93 y América ganó 3 a 2). Me acuerdo de todas estas cosas porque en el camino de vuelta de la secundaria a la casa caía una lluvia pertinaz y tuve que esperar en alguna calle, debajo de algún techo, a que amainara un poco la lluvia, y la espera se me hizo larguísima, todo el tiempo tenía presente ese partido de futbol en CU y también que por fin tendríamos teléfono fijo en la casa, y quería llegar a la casa cuanto antes, tal vez mi plan era hacer mi primera llamada telefónica desde la casa para hablar sobre ese partido de futbol con alguno de mis compañeros de clase.
Ese primer teléfono que tuvimos lo instalaron en una mesita justo a la mitad de la sala y del comedor. No estaba en el lugar más privado. Cuando alguien usaba ese teléfono, todo mundo oía la conversación desde la sala o desde el comedor, ¡incluso desde el baño! Pero no me causaba problemas; en general, no me atraía mucho hablar por teléfono. En todo caso, me generaba cierta ansiedad. Poco antes de tener teléfono fijo en casa, jugaba futbol en un equipo todos los sábados y tenía que salir a la calle a hablar en un teléfono público para preguntarle al tipo que había formado el equipo a qué hora sería el juego. Era algo muy trivial, el tipo y yo –un señor de treinta y tantos o cuarenta y tantos años– no hablábamos más de 5 minutos, pero tan solo pensar en que una tarde de la semana (generalmente los viernes) tendría que comunicarme por teléfono con él, incluso si era para obtener información que me importaba –¡en esa época era súper pambolero!, ¡veía futbol todo el tiempo y jugaba futbol todo el tiempo!–, me daba vueltas en la cabeza toda la semana y me aturdía y me causaba un poco de ansiedad.
Cuando estaba en la prepa, ya teníamos un segundo teléfono, pero estaba en la recámara de mis papás. Tampoco lo usaba mucho. Ya no jugaba futbol en ningún equipo los sábados. Más bien tenía uno que otro número telefónico de alguna chica que me gustaba y me la pasaba toda una tarde pensando en los pros y en los contras de llamarla por teléfono –¿qué tal si me contestaba su papá colérico o su hermano celoso?, ¿qué tal si no la encontraba?, ¿qué tal si descubría que tenía novio?–, y todos esos escenarios me generaban tanta ansiedad que a veces así transcurría la tarde y nunca la llamaba. O, peor aún, terminaba llamándola impulsivamente, en el peor momento, sin haberme preparado mentalmente para tener una conversación. Era un pésimo conversador adolescente. No contaba chistes, no hacía bromas, no le doraba la píldora a nadie, sólo hablaba de música y siempre iba directo al punto. Lo que quería, más que conversar con una chica por teléfono, era decirle que me gustaba, y no le daba vueltas al asunto. Supongo que por eso la conversación solía tornarse incómoda. En retrospectiva, supongo que no tenía que ser tan directo. A lo mejor lo que funciona es dorar la píldora, seguir la corriente, jugar un poco, bromear con la persona al otro lado de la línea. Lo que más recuerdo de esas llamadas es cómo se me aceleraba el corazón cuando me disponía a marcar el número telefónico de la chica que me gustaba, cómo todos esos pensamientos de los posibles escenarios de la llamada telefónica me daban vueltas en la cabeza, cómo sentía latir mi corazón enloquecidamente, cómo tenía la sensación de que la taquicardia recorría todo mi cuerpo, la tensión de esos segundos en los que marcaba el número y hacía girar el disco del teléfono y luego escuchaba cómo sonaba el timbre del teléfono al otro lado de la línea mientras el corazón se me subía a la garganta.
Cuando entré a la universidad, yo mismo instalé un tercer teléfono en mi recámara. Y no sé por qué. No me había vuelto más sociable –o quizá un poco más, tenía más números telefónicos que en toda mi vida–, ni tenía planeado hablar por teléfono con todo el mundo. Ocasionalmente alguien me llamaba para preguntarme alguna cosa de la escuela, ocasionalmente conseguía el número de una chica que me gustaba y la llamaba. En general, no trascendía. La chica tenía novio, yo no le caía bien, me tomaba por un tipo random sin ningún talento, irrelevante. En segundo semestre, conecté finalmente con una chica, ella era un par de años mayor que yo, pero parecía tener toda la experiencia del mundo, era bailarina, vivía sola en un departamento en el Paseo de las Facultades, y hablábamos mucho por teléfono, el tiempo pasaba rápido, bromeábamos, me hacía reír, hablábamos de música, de cine, de literatura, la hacía reír... Por X, Y o Z nuestra relación se limitó a las conversaciones telefónicas, nunca pudimos conectar en persona.
Al final de la carrera tuve mi primera novia formal y durante un tiempo hablamos por teléfono, pero era una relación un poco tóxica, entre mi inexperiencia y la sombra de su ex, todo acabó mal, las conversaciones tenían un tono de pelea-reconciliación, en general me dejaban roto, lo que recuerdo de esas conversaciones ya no es taquicardia y ansiedad, sino colgar e inmediatamente fumar un cigarrillo tras otro, sentir cómo la nicotina inundaba mis pulmones, y pasar el día así, matando el tiempo, fumando y encerrado en mi recámara, contando cada segundo de cada día porque ella y yo habíamos acordado darnos un break y no llamarnos por teléfono en una semana.
Luego, cuando estaba pensando en ingresar al posgrado, conocí a Lizzie y las llamadas telefónicas con ella fueron muy distintas. La primera vez que hablamos por teléfono también estaba ansioso, me puse a escuchar Daydream Nation y a pensar en cuánto me gustaba, en cuánto quería que ella fuera mi novia. Pasaron millones de cosas. Podría escribir una novela sobre mi relación con Lizzie.
En fin, escribo estas líneas porque no soy nada fan del teléfono. Pensar en hablar por teléfono con alguien que me ha dicho «Nos hablamos por teléfono», incluso si es solo un modo de decir las cosas, sigue dándome vueltas en la cabeza como cuando estaba en la secundaria, y no porque esté pensando en las mismas cosas que pensaba cuando le pensaba llamar a alguna chica que me gustara, sino porque, en verdad, no lo disfruto, hablar por teléfono no es mi hábitat, no me gusta conversar sobre lo que sea, no me gusta ponerme al día por teléfono, y, en cierta forma, me abruma tener estos pensamientos, sé que a algunas personas queridas les gusta hablar por teléfono y sin embargo hablar por teléfono para mí es todo un ritual.
Labels:
Esto No Es Literatura
viernes, 8 de mayo de 2026
the city winks a sleepless eye
Estar revisando compulsivamente la app del banco para verificar que todo esté en orden, que el SNII o que la administración de tal o cual IES o que mi empleador ya depositaron, es horriblemente estresante.
Si el depósito no ha caído, mi mente empieza a dar vueltas, no puedo evitar ponerme paranoico, imaginar que algo salió mal, que el depósito caerá hasta el siguiente mes, que metí mal algún documento, que no me pagarán algún mes, que no recibiré retroactivamente los 4 ó 5 meses que no me ha pagado el SNII porque otra vez cambiaron el sistema de captura (¿para justificar gastos?) y sólo abren el sistema una o dos veces cada seis meses, o que no capturé bien algún dato en la factura de mi pago por honorarios o que mi empleador cambió de decisión después de hablarlo con su esposa y así dejarán las cosas, no me pagarán un centavo más, pero que no tengo que devolverles ni un centavo.
No sé cuantas veces en los últimos años he tenido que estar revisando compulsivamente que todo esté en orden en la app del banco, pero es horriblemente estresante, quisiera no tener que volver a hacerlo nunca jamás. Yo tenía un buen trabajo, no tenía que preocuparme por declarar mis honorarios, alguien lo hacía por mi y por todos los profesores asociados y profesores universitarios, entonces tenía hasta un cubículo en una IES pública, daba un montón de clases, me hacía experto en esas clases, los estudiantes ya me conocían, me recomendaban a otros estudiantes, también escribía papers y coordinaba consejos editoriales y reuniones de consorcio, y resolvía problemas, y también publicaba papers y coordinaba varios proyectos de investigación, algunos estudiantes se me acercaban para preguntarme sobre mi línea de investigación, querían trabajar conmigo, dirigí varias tesis de grado, y también coordinaba simposios y estaba involucrado en un montón de actividades de divulgación, y así pasé de SNII1 a SNII2 y sin embargo me dieron las gracias y tuve que empezar de cero, enviar un montón de solicitudes para concursar por plazas de tiempo completo en otras IES. Voy a cumplir un año como profe de asignatura en la Ibero, tengo un par de semanas en el Instituto Nacional de Psiquiatría, aún no firmo contrato, hace una semana fue aceptado para publicación mi más reciente paper, y todo parece mejorar, pero Katz ha tenido problemas de salud, acabamos en la UCi de un centro médico privado hace 3 semanas, estuvimos allí entre las 22:00 y las 3:00, sufría mucho, pobrecita, le hicieron una tomografía craneal para descartar ACV, fue horrible.
He estado durmiendo mal, ella se despierta entre 3 y 4 AM y la acompaño, se ha sentido ansiosa, ya no vuelvo a dormir en todo el día, he perdido el control de mis emociones, no sé cómo he logrado mantenerme cuerdo en mis clases, ni cómo he logrado contestarles a 4 referees sin perder los estribos, no sé nada de nada, solo sé que estos días han sido tortuosos, que me despierto por las madrugadas, incluso cuando Katz duerme profundamente, y, por un momento, tengo un flashback y pienso que despertará y que se sentirá mal y que me pondré mal, que ella se pondrá mal, que los dos nos volveremos locos.
Y escribo todo esto y no dejo de pensar en todo lo que he escrito toda mi vida, desde que aprendí a escribir, en cuántos blogs tengo desde hace más de veinte años, en cuántos textos que nadie ha leído tengo por aquí y por allá (en libretas en las que escribo a mano), en cuántos Word tengo con textos de más de 300 páginas, en cuántas novelas inconclusas tengo por ahí, en cuánto necesito escribir y publicar un libro, así como otras personas necesitan ser madres o tener el auto de sus sueños o viajar al país que siempre han querido conocer, y tampoco dejo de preguntarme por qué el mundo es como es, por qué a la gente cada vez le gusta menos leer, por qué a los lectores sobrevivientes solo les gusta leer lo que le recomiendan los mismos escritores de siempre que tienen amigos escritores y que crecieron en familias de escritores, que, probablemente, nunca tienen que estar checando compulsivamente que todo esté en orden en la app del banco, que, probablemente, escriben sobre las cosas horriblemente estresantes de la vida porque las estudian en libros fancy o porque platicaron con un desconocido en una cantina.
viernes, 20 de marzo de 2026
(my one and only)
Wikipedia ya me dijo que ese día fue 4 de julio, hoy por la mañana casi lo primero que recordé después de levantarme de la cama y orinar en el baño, mientras no podía sacarme de la cabeza una canción de Pop y buscar en internet dos o tres datos de la grabación de ese álbum y de la gira Popmart, fue que ese 4 de julio cayó en sábado, que por la tarde de ese 4 de julio Alemania y Croacia habían jugado en Bordeaux, que por la mañana habían jugado Argentina y Holanda en Marsella, y que al mundial de 1998 le quedaban las semifinales, el partido por el tercer lugar y la final.
Apenas iba a cumplir 18 años, estaba en segundo semestre de la licenciatura, eran tiempos de A thousand leaves, de Sonic Youth y de Adore, de los Pumpkins... y la gira de Popmart tenía un par de meses de haber terminado, pero todo mundo estaba enloquecido por Ricky Martin, Robi Draco Rosa había compuesto “Livin' la vida loca” y como era la canción de Francia '98, sonaba en todas partes.
Durante casi un mes me había concentrado en el mundial de futbol, para evadirme de mi principal preocupación: decidirme a hablarle por teléfono a Lilly (my one and only), una chica mayor que yo, la conocía del primer semestre, le gustaban Los Beatles, era bailarina de danza y vivía sola en un departamento en El Paseo de las Facultades. Tenía más de medio año con su número telefónico y una vez habíamos salido a La Cineteca, creo que vimos Criaturas Celestiales y que no nos sentamos juntos en la sala porque ella o yo llegamos tarde. Lilly era muy directa, al despedirnos en el metro Coyoacán después de la película y platicar un rato por ahí (¿vimos pasar a Pedro Armendáriz?), ella me había preguntado ¿Qué esperas de mí?, y ese 4 de julio de 1998 su pregunta seguía dándome vueltas en la cabeza, era obvio que yo quería que estuviéramos juntos pero no se lo dije, le di vueltas al asunto, y probablemente ella sabía que me gustaba y le parecí un idiota.
Traía los audífonos puestos, a lo mejor escuchaba Down on the upside, de Soundgarden, y no dejaba de pensar en ella, hacía más de dos meses que no la llamaba por teléfono, no me atrevía, me abrumaba la posibilidad de no encontrarla o de enterarme de que había salido del país y que volvería hasta después del verano, o que ya tenía novio, la había idealizado tantas veces, estaba enloquecido por Lilly (my one and only) así como la gente estaba enloquecida por Ricky Martin.
Mi papá conducía el Jetta, había una fiesta en casa de su hermano, cualquier cosa me ayudaba a evadirla, a dejar de imaginarme mil escenarios catastróficos antes de atreverme a llamarla por teléfono, pero de pronto, cuando nos detuvimos en un semáforo, recordé la primera vez que la llamé por teléfono, debió de ser una tarde entre semana, y la desperté, su voz adormilada alimentó la forma en que la había idealizado, me dijo que estaba con problemas de salud, que tenía anemia, esa tarde la invité a la Cineteca y ella aceptó.
La fiesta en casa del hermano de mi papá estuvo súper aburrida, debió de ser un cumpleaños, un primo andaba en su etapa de nigromante y me leyó las cartas, me dijo que había «una mujer blanca en mi vida”, Lilly (my one and only) no era realmente blanca, más bien era muy pálida y bajita, nada que ver con las adivinanzas de mi primo, la fiesta estuvo aburrida, pero todo mundo se emborrachó, uno de los grandes amigos del hermano de mi papá se me acercó en un punto de la fiesta y me preguntó si no me gustaba bailar para estar en contacto físico con las mujeres, me puso una mano en un hombro y me miró de una manera extraña, han pasado más de 30 años y creo que me tiró la onda, en fin, esa persona ya está bajo tierra, estoy casi seguro de que nunca salió del clóset y sospecho que tengo un nivel moderado de autismo y entiendo por qué me abrumaba tanto hacer una llamada telefónica (por qué me ha abrumado tanto hablar por teléfono con distintas personas a lo largo de mi vida), escucho Boy, de U2, me acuerdo de Davor Suker y de Zinedine Zidane y me pregunto qué es de Lilly, ¿se acordará de mí?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
%207.42.14%E2%80%AFa.m..png)