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miércoles, 29 de junio de 2022

La notificación menos importante

Los gatos pasan encima de mí en la cama, como si no pesaran más que una almohada de plumas, me despiertan, y no puedo ignorar cuánto me duele el tobillo izquierdo; siento mucho dolor, como una punzada terrible, como si los músculos estuvieran rotos, como si un nervio estuviera inflamado, como si el hueso del tobillo estuviera carbonizado; como si mi tobillo tuviera mucho sueño, como si mi tobillo estuviera resfriado, como si mi tobillo tuviera cólicos premenstruales, como si mi tobillo tuviera diarrea, como si mi tobillo tuviera tos y alergia estacional y todos los padecimientos posibles; como si yo hubiera contraído raquitismo en el Siglo XIX y las secuelas me hubieran dejado cojo y aún estuviera adaptándome a usar una prótesis que me lastima el tobillo.

Los gatos pasan encima de mí, me despiertan, miro el reloj en la pared de la recámara, son las siete de la mañana, y repaso mentalmente lo que haré hoy, y me siento culpable porque no he podido salir a correr más que un día en esta semana –hoy debería correr, y el viernes también debería correr, pero lo más probable es que el tobillo continúe doliéndome y que no saldré a correr hasta el sábado o el domingo–, y pienso en la presentación que debo terminar para la plática que daré mañana por la tarde para un diplomado de investigación y medicina del sueño; me han invitado a este diplomado desde que era candidato a doctor, sino recuerdo mal en el 2012, cuando Katz y yo vivíamos en Xola, en una colonia bonita que quedaba cerca de todo, cuando Gatusso era un minino y era nuestro único amigo felino y su cabeza cabía en la palma de una de mis manos y le daba su biberón –lo abandonaron en la calle, y su mamá no lo amamantó– y yo me fumaba inconscientemente un Camel al mismo tiempo; y en otras ocasiones que me han invitado a este diplomado me he sentido un poco fuera de mi hábitat, hablando de temas que no me gustan mucho (y que incluso me aburren un poco), pero en esta ocasión, cuando la presidenta de la sociedad que organiza este diplomado que ocurre cada dos años más o menos desde el 2008 se comunicó conmigo en diciembre le planteé hablar sobre un tema que me fascina y ella me dio luz verde.

Los gatos pasan encima de mí, ya estoy despierto, y reparo en que tendré una junta a las 13: 30 por Zoom con los colegas del departamento de ciencias de la salud; allí la jefa de departamento nos presentará a una profesora temporal (como yo) que impartirá estadística avanzada durante este trimestre (yo impartiré una clase los lunes, los martes y los jueves, de las 13:00 a las 18:00, cada día, y otra clase los miércoles, de las 14:00 a las 17:00), nos hablará sobre la página de internet del departamento y sobre la necesidad de retomar los seminarios departamentales; también repaso mentalmente lo que me espera dentro de la siguiente hora: ir al estudio y pincharme un dedo y medirme la glucosa y anotar cuántos mg/dl de glucosa en sangre tengo en ayuno, bajar a la cocina y buscar los platos de los gatos y darles comida blanda, cambiarles el agua –Gatusso siempre ensucia y tira el agua– y la arena, y buscar a Jackson –raras veces baja a la cocina, a la hora del desayuno– y llevarle su plato con comida blanda, y esperar a que Yoko o Gatusso o Jackson usen el arenero justamente cuando acabo de limpiarlo y entonces tener que limpiarlo otra vez, y entonces tener que barrer otra vez el cuarto donde está el arenero y entonces tener que volver a sacar la arena que acaban de ensuciar al bote de basura del patio.


Los gatos pasan encima de mí y ya se dieron cuenta que desperté y comienzan a maullar –sobre todo Gatusso– y a merodear alrededor de la cama como si fueran tiburones merodeando la balsa en la que agoniza un sujeto después de varias semanas de naufragio, y pienso que debería quedarme otros minutos tumbado en la cama, pero ya no tengo sueño y los maullidos de los gatos son cada vez más insistentes. 

Me siento en un borde de la cama, escucho la respiración de Katz que continúa de visita en algún mundo onírico que olvidará apenas despierte y que nunca me contará, y estiro un brazo hacia la mesita de centro y tomo mi teléfono celular y lo enciendo, y recuerdo todas las cosas que tengo que hacer en cuanto me levante y vuelvo a pensar que debería tumbarme en la cama otros cinco minutos, pero también vuelvo a reparar en que ya no tengo sueño y en que los gatos están cada vez más impacientes y en que Katz sigue dormida y en que no quisiera perturbar su descanso. 

Estoy en estos pensamientos que son como un torbellino, cuando suena una notificación del teléfono celular. Apenas distingo el sonido, por debajo de los maullidos de Gatusso, de Yoko y de Jackson. Puede ser cualquier cosa –un Whats que requiere una respuesta urgente, un depósito inesperado de $20 MDD en mi cuenta bancaria, un nuevo seguidor en twitter, un mensaje del messenger de Facebook de alguien que no veo desde hace más de quince años–, pero tengo la certeza de que se trata de la notificación más innecesaria de todas las aplicaciones que tengo en mi teléfono: Google Fotos. 

Y sí: la aplicación me recuerda que, hace exactamente 9 años, después de haber vivido alrededor de cinco años en el pequeño departamento de Xola, Katz y yo nos mudamos de vuelta a Pantitlán. No me cuesta mucho trabajo recordar que ese día fue sábado y que había cajas por todas partes, y que tomé un par de fotografías mientras Katz bajaba a la calle a abrirle a un sujeto que la había contactado en una página de trueques en Facebook y con quien intercambiaríamos nuestro tanque de gas por dos o tres bolsas de Scoop Away. 

Todos estos recuerdos son curiosos, pues en la novela que estoy escribiendo –es mi tercer proyecto: tengo dos versiones de una novela ya terminada que envié dos veces a un concurso “para jóvenes escritores” que resultó un fraude, y tengo otra novela más o menos avanzada, a la que no he vuelto desde que vivimos en Toluca-Lerma–San Mateo Atenco– y que comencé a escribir en enero del 2021, y que es una novela de ficción autobiográfica, el fin de semana intentaba escribir sobre este día y sobre el sujeto que se llevó nuestro tanque de gas y que nos dio dos o tres bolsas de arena para gatos.

Serían como las diez de la mañana cuando el sujeto llegó al departamento. Mi papá había conseguido una camioneta para la mudanza y ya andaba por allí con nosotros, y mientras Katz se había encargado de empacar prácticamente todas nuestras pertenencias, además de encontrar el departamento al que nos mudaríamos y recoger las llaves y acordar con el dueño del departamento cuánto pagaríamos de renta cada mes y cuánto deberíamos depositarle en el primer mes, el papá de Katz había estado ayudándole a ella toda la semana y yo había estado, como siempre que han ocurrido estos traslados, como un inútil quejumbroso toda la semana, escudándome en el estrés que me provocaba el ambiente tóxico del laboratorio de mi tutor de doctorado. Ya no soportaba un día más en ese laboratorio. 

Mi tutor había perdido el control sobre su grupo de investigación y yo estaba a punto de quedarme sin beca doctoral –como la dueña del pequeño departamento de Xola nos iba a subir la renta y como Katz y yo tendríamos que vivir algunos meses con nuestros ahorros y con los ingresos de Katz, que trabajaba en una agencia aduanal, nos mudábamos de vuelta a Pantitlán–, estaba empezando a escribir mi tesis doctoral y terminando los experimentos de mi cuarto artículo de investigación original como primer autor en una revista indizada; y, sin embargo, aunque incluso había sacrificado mi estabilidad económica para publicar más artículos que los que necesitaba para titularme –como requisito de titulación el posgrado sólo exigía un artículo de investigación original como primer autor en una revista indizada–, cuando mi tutor perdía la cabeza, nos reunía a todos los que formábamos parte de su grupo y nos decía frente a todos (o nos enviaba un correo-e masivo) todo lo que le parecía que hacíamos mal cada uno, y a mí me decía que yo sólo seguía sus instrucciones y que no tenía iniciativa y que no era ambicioso, así que yo ya no soportaba un día más en su laboratorio.

Cuando el tipo de la arena llegó al departamento, Katz me lo presentó y me pidió que le entregara el tanque de gas, y entonces el tipo, mi papá y yo subimos a la azotea. Mi papá y el tipo de la arena me decían algunas cosas y no podía prestarle atención a ninguno de los dos. Mientras mi papá me hablaba sobre su trabajo, sobre algún padecimiento que le molestaba y sobre algunos problemas familiares, el tipo de la arena me decía que era editor en jefe de una revista literaria y que sus oficinas estaban enfrente del Parque Hundido y que él y su chica se habían mudado recientemente a un departamento que estaba cerca de las oficinas y que los tanques de gas estaban carísimos y que nos agradecían muchísimo el intercambio.

Yo le pregunté sobre la revista literaria al tipo de la arena y allí vi una oportunidad, y entonces le dije que yo escribía, y quería contarle sobre ese aspecto de mi vida con un poco de detalle para que no se quedara con la idea de que yo escribía, tal y como millones de personas dicen que escriben, pero mi papá estaba muy angustiado por los problemas que tenían mi tía, mi prima y mis sobrinas, y necesitaba desahogarse conmigo.

Ante mi incapacidad para controlar la situación, apoyé los codos en una de las bardas de concreto de la azotea y me quedé mirando desde allí la colonia de ese edificio de tres pisos junto a Tlalpan, frente a un Sanborns, a unas cuadras de las estaciones Xola y Villa de Cortés del metro, a unas cuadras de la estación Las Américas del metrobús, en el que Katz, Gatusso y yo habíamos vivido.

Por primera vez reparé en que era una colonia bonita y bien ubicada, y en que nunca la había disfrutado. Pensé en todas las cosas que habían pasado en un lapso de cinco años, y me pregunté si algún día regresaríamos a vivir a una colonia similar.

Bajamos hasta la calle, el tipo de la arena se encargó de bajar él solo el tanque de gas, mi papá y yo lo acompañamos hasta su auto, el tipo me dio un par de ejemplares de la revista en la que era editor en jefe y me dijo que le enviara uno de mis textos y que seguíamos en contacto. Yo le dije que me bastaba con su retroalimentación. 

Apenas acabamos de instalarnos en el departamento de Pantitlán –teníamos pocas cosas, y Katz y yo terminamos de instalarnos en menos de 24 horas–, me puse a escribir un relato para enviárselo al tipo –algo sobre un sujeto que llevaba a su novia ebria de vuelta a su casa, después de una fiesta, el día que la selección sub 21 había ganado el mundial de la categoría en Perú– y se lo envié. Por supuesto: nunca me contestó. 

Ya pasaron nueve años de ese día, y mi tía, mi prima y mis sobrinas continúan teniendo problemas, y me pregunto quién vivirá ahora en ese departamento de Xola qué será de la vida del tipo de la arena: ¿al menos habrá leído el texto que le envié? (¿alguno de los integrantes de los comités de los concursos “para jóvenes escritores” leería una de las novelas que envié...?); si ahora mismo el tipo de la arena leyera esta entrada, ¿le parecería trivial?, ¿sentiría curiosidad por leer aquel texto que le envié en el 2013...?, si un desconocido leyera esta entrada fortuitamente, creyendo que no la escribí yo, sino una estrella de rock de las letras, ¿le volaría la cabeza...?


martes, 17 de mayo de 2022

mato el tiempo

Camino de un lado a otro. El trimestre está terminando y vine exclusivamente a una reunión de trabajo con unos colegas. Llegué temprano –veinte minutos antes de la hora acordada– y mato el tiempo. Hace tres meses aún tenía un cubículo. Y antes de eso, durante los últimos meses de la pandemia, venía a la universidad más o menos diariamente e impartía mis clases en línea desde el cubículo. Ahora soy un nómada, me asignaron un espacio en una sala de juntas que hace las veces de sala de observación de cámara de Gesell y que comparto con otro profesor y con algunos estudiantes, y debo caminar de un lado a otro, matar el tiempo, y fingir que todo está bien. Pero nada está bien. Todo es un paliativo, una forma de postergar la catástrofe, un vaticinio de la catástrofe. La catástrofe es la realidad.

Recorro uno de los patios de la universidad, donde están las aulas más viejas –si no me falla la memoria, fueron inauguradas en el 2008–, y me dirijo hacia uno de los edificios más nuevos –fue inaugurado durante la pandemia, hace menos de seis meses–, y escucho en los audífonos la playlist de Spotify que creé para correr cada tercer día desde hace más de diez meses, cuando me enteré, fortuitamente, que soy prediabético. 

Intento ignorar mi situación laboral y mi salud. No es agradable estar condenado a depender de metformina, ni a estar condenado a hacer ejercicio y a comer verduras y pechuga asada. No es agradable estar dependiendo de concursos de oposición o de evaluación curricular en las universidades de todo el país, esperando que haya transparencia, equidad y justicia. Antes de mudarnos a Lerma, cuando aún estaba en el posdoc y buscaba una plaza académica, solicité un trabajo en una universidad privada en Nuevo León. El perfil que buscaban era como el mío. Me entrevistaron por Skype y me dijeron que estaban muy satisfechos con mi perfil y que aún verían a otros candidatos, pero que era muy probable que yo me quedara con la plaza; al final, se comunicaron conmigo y me dijeron lo lamentaban, que, “por razones de fuerza mayor”, habían tenido que cambiar totalmente el perfil y que la plaza la había ganado una recién egresada de esa universidad. 

Intento enfocarme en la voz de Dave Grohl, en las notas de su guitarra eléctrica, en el ritmo de su batería y en el acompañamiento de su bajo eléctrico –él tocó todos los instrumentos en “X-Static”–, e intento recordar cuáles son los acordes de la guitarra eléctrica para esta canción en particular. Hace más de diez años aprendí a tocarla, pero es una de esas canciones que no son tan difíciles de tocar y que voy dejando de tocar, hasta que olvido cómo tocar. 

Suena el coro de la canción y me invade la nostalgia de mi juventud, cuando el álbum debut de Foo Fighters tenía unas semanas de haber salido a la venta, casi un año después de la muerte de Kurt Cobain, y yo lo acababa de comprar en la sección de discos de un centro comercial y lo escuchaba en mi recámara día y noche, y me preguntaba qué me depararía el futuro, qué estaría haciendo dentro de diez o veinte años. Aún vivía en casa de mis papás y tenía la certeza de que llegarían la primavera, el verano, el otoño y el invierno, y que no me faltaría el dinero, ni un lugar dónde vivir, y que todo permanecería (relativamente) igual durante varios años. Ahora es difícil imaginarme incluso qué estaré haciendo –dónde estaré viviendo–, en Navidad.

No quiero pensar en cómo la falta de oportunidades me ha traído hasta aquí, hasta este momento en el que camino de un lado a otro por la universidad, matando el tiempo. No quiero pensar en que debí ganar un concurso de evaluación curricular, ni en que competí con otras trece personas –con doctorado, con posdoc y con experiencia como docente e investigador, como yo, o con menos grados académicos– para estar aquí. No quiero pensar en el estrés que viví en los últimos días de febrero. 

Todos estos pensamientos me fatigan y me llenan de inseguridad. Cuando me notificaron que había ganado el concurso, justo el día en que murió Mark Lanegan, me sentí poderoso (sí, poderoso), seguro de mí mismo, convencido de que podía conseguir lo que quisiera, buscar nuevos horizontes... Ahora camino de un lado a otro, bajo escaleras, subo escaleras, finjo que todo está bien, pero nada está bien, y me siento cansado e inseguro. 

Todo este trimestre he estado tan ocupado en la preparación e impartición de clases –imparto tres horas de Motivación y Emoción, tres horas de Neurodesarrollo y cuatro horas de Neurobiología de la Adicción, para alrededor de 100 estudiantes, por semana– y en la coordinación de un Consejo Editorial –soy el presidente y lo conformamos siete miembros, pero es complicado reunir a todos, y debemos entregar, en los próximos días, un documento de Políticas Operacionales para la Producción Editorial de la División a la que estoy adscrito– y en la gestión administrativa de un proyecto de investigación financiado por el CONACyT –el trabajo implica redactar minutas, elaborar cotizaciones, coordinar traslados de equipos, etc.–, que no he tenido tiempo para pensar en mi futuro. 

He estado tan ensimismado todo este trimestre, que ya no sé ni quién soy –¡estoy a kilómetros de distancia de mí mismo!– y me resulta difícil aceptar que mi situación laboral nunca ha estado bien. Siempre he estado cazando concursos por obra determinada.

Los ruidos de los estudiantes que pasan cerca de mí, los ruidos de los trabajadores que taladran las paredes que atravieso, los rostros de los estudiantes y de los trabajadores que inundan los pasillos de la universidad (algunos, como parásitos), los rostros de los estudiantes y de los trabajadores que parecen alimentarse de la luz del sol (algunos, como cocodrilos), y las voces y los rostros de estos colegas que veo a lo lejos y con quienes me reuniré en unos segundos –ya transcurrieron veinte minutos desde que llegué a la universidad–, así como mi dificultad para ser feliz e ignorar que ellos tienen algo que yo no tengo –en un caso, una plaza indeterminada; en otro caso, contrato hasta enero–, y la cordialidad monótona en su trato y mi frustración contenida en mi trato para fingir que todo está bien y que todo me da igual, y los movimientos de arriba abajo de los ojos de uno de los colegas, y las confesiones que sólo yo encuentro en los ojos lúgubres de una de las colegas y que mandan a segundo término “Somewhere, Some Woman” –la canción de Brant Bjork que ahora suena en la playlist–, y los recuerdos volátiles de todo lo que soñé anoche (y que me mantuvo escribiendo durante varias horas), y mis inefables deseos de correr y correr como Forrest Gump hasta que mis pulmones revienten, hasta perder el aire, y mis inefables deseos de sentarme a escribir hasta que mis uñas se caigan y hasta que mis dedos queden adormecidos, y querer que se inviertan los papeles y que mi vida dependa de lo que leo y de lo que escribo. 

Me siento junto a mis colegas en el aula y me quito los audífonos y les sonrío y continúo perdiéndome en sus ojos lúgubres, y pienso en la cantidad de personas de ojos lúgubres que he conocido en mi vida y en la cantidad de infiernos personales que revelan los ojos lúgubres, y continúo sintiéndome inspeccionado por sus miradas incómodas de arriba abajo, y pienso en la cantidad de personas que en algún momento de mi vida me han mirado de arriba abajo y que a lo mejor ellas no apuestan gran cosa por mí y creen que me la paso viendo televisión para pasar el tiempo, y que no reflexiono en los pormenores terribles de cada segundo terrible ni en las vicisitudes de mi carrera académica, y acabo odiándome a mí mismo y sintiéndome ridículo e inseguro, y quisiera gritar y romperlo todo.

jueves, 31 de diciembre de 2020

Segundo Semestre



Tengo este enorme libro en mis manos. Aún no lo he abierto, pero intuyo el contenido y el aroma y la textura de sus páginas, y todos estos atributos me hacen recordar la época en la que lo compré y cuando te conocí.

Estábamos en el segundo semestre de la licenciatura y tomábamos tres horas consecutivas de Sensopercepción todos los jueves. 

Faltaban algunos meses para que la selección francesa ganara su primer mundial en el Estadio Saint-Dennis, Ronaldo ni siquiera había anotado su primer gol en un mundial, Luis Hernández tampoco le había anotado ese agónico gol a Van der Sar en los últimos segundos del último partido de la fase de grupos en la que la Selección Mexicana se había enfrentado a Corea del Sur y a Bélgica. Arturo Brizio Cárter ni siquiera había expulsado a Zidane. 

El profesor que impartía el curso era muy solemne –parecía un robot– y sus clases eran aburridas. Lo que más recuerdo de su clase son tres eventos: unas pinturas de Marc Chagall que vimos, cuando nos habló del sistema visual; un alumno al que invitó a tocar una canción sin sentido en un teclado, cuando nos habló del sistema auditivo; y la famosa novela de Patrick Süskind que nos pidió leer y reseñar, para que aprendiéramos sobre el sistema olfativo. 

Me preparo para abrir el libro y recuerdo que raras veces leí algún capítulo completo, y pienso que se debe a que el libro en sí es un tanto árido y a que el método de enseñanza del profesor robot no me alentaba a aprender por mi cuenta. 

Ahora, tras haber impartido clases por más de diez años, en cuatro universidades distintas (incluyendo la facultad en la que tomé el curso de Sensopercepción al que me refiero), tanto a nivel licenciatura como posgrado, comprendo la postura del profesor robot. 

Es peligroso impartir un curso y no limitarse a enseñar exclusivamente lo que dicen los programas de estudios. La mayoría de los estudiantes son listos y comprometidos, y aprecian el tiempo que uno se toma para pensar en ejemplos claros que tengan alguna relación con sus vidas o con el acontecer contemporáneo, pero, ocasionalmente, no faltan los seis o siete estudiantes exigentes y autocomplacientes que se reúnen y que se toman el tiempo para analizar exhaustivamente las videoconferencias del curso que les compartes, en busca de tus errores. 

Tampoco puede faltar el estudiante que se deslinda de toda responsabilidad y que culpa de su bajo desempeño académico al profesor –incluso si no entregó tareas ni contestó exámenes y no asistió ni a la tercera parte del curso– y que, además, acaba reclutando a sus amistades, para convencerlas de ser partícipes de su causa y de firmar una “dura” carta en la que expresa su “profunda preocupación por su aprendizaje” y en la que te acusa de ser un mal docente.

(Este es otro tema: todos tenemos la libertad de denunciar lo que nos parece injusto, pero no necesariamente todo lo que percibimos como injusto, es injusto. ¿Quién nos ha dicho que nuestro criterio, es el criterio imperante? ¿Otros sujetos de nuestra edad, que tienen una mentalidad similar a la de nosotros...?) 

En fin, allí estabas tú, querida, mirándome insistentemente desde tu banca, durante las clases. Desde el principio, me intrigó tu mirada. (Sobre todo porque algunas veces me sonreías.) Ya sabía tu nombre, pero te desconocía por completo. Imaginaba qué clase de vida tenías, qué clase de cosas hacías al salir de la escuela, cómo sería pasar contigo toda la tarde hablando por teléfono...

Algún día de alguna semana, te vi sola –generalmente, te acompañaban tus amigas–, sentada en una de las jardineras de la facultad, y me acerqué a ti.

Te pregunté si podías leer algo que había escrito y si podías darme tu opinión.

Me sonreíste como lo habías hecho tantas veces en las clases y me preguntaste de qué se trataba lo que había escrito. 

Te había escrito un poema de dos cuartillas. Con una máquina de escribir, lo había transcrito de alguna libreta a una hoja cuadriculada y sólo quería que lo leyeras. 

Debí de insistir en que lo leyeras, sin darte ninguna pista. Tomaste la hoja y comenzaste a leerla.

Era obvio lo que pasaba allí y sin embargo me seguiste el juego. 

Suspiraste y pusiste una mirada reflexiva. 
Me dijiste que creías que el autor hablaba de una persona a la que deseaba mucho, o algo así, y tal vez después me preguntaste qué significaban ciertas palabras que no eran tan comunes. 

Te dije que el poema hablaba de ti y que tenía varios días queriendo regalártelo. Antes de que dijeras algo, te dije rápidamente que me gustabas. Volviste a sonreír, pero de un modo distinto al que me tenías acostumbrado. Tu sonrisa me dejó sin palabras. Mi corazón latió rápidamente. Intuí que estábamos en la misma frecuencia

Me dijiste que te había gustado el poema y que yo también te gustaba, y casi de inmediato comenzamos a salir. 

Los recuerdos que detona este libro de Margaret Matlin, también me llevan a pensar en que un jueves, después de la clase del profesor robot, vimos Pulp Fiction en el cineclub de la facultad. 

Mientras nos sentábamos en una de las últimas filas del auditorio en el que proyectarían el filme de Quentin Tarantino, me dijiste que lo habías visto en la Cineteca, unos meses después de su estreno. Yo te sonreí y tú tomaste una de mis manos y yo sentí que toda mi sangre se concentraba en mi entrepierna y entonces me pregunté si las cosas habrían sido iguales entre los dos, de habernos conocido entonces. 

Antes de entrar a la universidad, lo que más deseaba era tener una novia.

En la escena en la que Fabienne le dice a Butch Coolidge que le hará sexo oral, te miré con el rabillo del ojo y me pregunté si tú y yo llegaríamos a tener una relación tan intensa como la de ellos dos. No estuvimos juntos ni dos meses. Te hartaste de mí. Me dijiste que sólo parecíamos amigos y que yo sólo me limitaba a verte en la escuela y que ni siquiera te llamaba por teléfono. Esperabas más de mí, y terminaste conmigo en el Metro Copilco. A los pocos días, volviste con tu ex –él trabajaba en OCESA y supuestamente incluso había sido escolta de Marilyn Manson en su primera visita a México– y pasé unas larguísimas vacaciones de verano lamentándolo. 

Más de veinte años después, preparo un curso de Sensopercepción, abro un libro de texto y pienso en ti.
 

lunes, 14 de diciembre de 2020

Aneurysm


Este álbum que hoy cumple 28 años, tenía 2 ó 3 años de haber salido a la venta, cuando lo compré. Me cuesta trabajo creer que había transcurrido tan poco tiempo desde su lanzamiento y desde la muerte de Kurt Cobain. Me parece que 2 ó 3 años se van en un abrir y cerrar de ojos, y que uno no es consciente de ello sino hasta que lo analiza. Tan sólo tengo 2 años viviendo en esta casa que rentamos en Lerma y tan sólo tengo 2 años trabajando en esta universidad, y los dos años se han ido en un abrir y cerrar de ojos, a pesar de que hemos atravesado una larga huelga y una larga pandemia. 

Cuando compré el CD de Incesticide, estaba acabando el primer año, o estaba comenzando el segundo año, de la prepa. No lo recuerdo exactamente, pero lo que sí recuerdo es que mi “fiebre” por Guns N' Roses ya había pasado –ya tenía en cassette todos los álbumes de “la banda más peligrosa del planeta”–, y que, desde hacía más de medio año, escuchaba a Nirvana. 

En octubre o noviembre de 1994, un amigo de la prepa me había grabado Nevermind en cassette y yo me había comprado el Unplugged In New York en la Noche Buena de ese mismo año. Esto es muy importante para mí, pues el Unplugged había salido a la venta tan sólo unos días antes y yo pude escucharlo casi de inmediato. 

En los primeros días de 1995 compré un VHS pirata de Live Tonight Sold Out!!! y había estado viéndolo una y otra vez, sin ser plenamente consciente de que la muerte de Kurt Cobain tenía sólo unos cuantos meses. Me fascinaba su status de estrella de rock, cantando “Come As You Are” salvajemente en Ámsterdam, o dando entrevistas tumbado junto a una cama con gafas oscuras y respondiendo con apatía, o destrozando su Fender Stratocaster negra mientras Novoselic y Grohl continuaban tocando y un puñado de jóvenes eufóricos lo idolatraba. 

Antes de tener el VHS, ya había visto “About A Girl” –y parte de “Endless, Nameless”– en un canal de videos de la televisión abierta, y el contraste de la versión unplugged y de la versión eléctrica también me fascinaba. 

Una de las primeras canciones del VHS se llamaba “Aneurysm” y tampoco podía sacármela de la cabeza. Aunque la versión que conocía era “en vivo”, me gustaba cómo sonaban los tres acordes de la guitarra al inicio de la canción, me gustaban las partes en las que el bajo y la batería se apoderaban de la canción y me gustaba cómo se combinaban los tres instrumentos y la voz de Cobain en el coro. Me parecía una canción muy punk.

La parafernalia asociada a la muerte de Cobain –el montón de playeras con diferentes diseños de su rostro y que traía todo mundo en la escuela, el nombre de su banda pintado con la misma litografía que venía en los álbumes, en uno de los callejones detrás de la escuela; las letras de sus canciones más populares, rayoneadas con pluma en las bancas de las aulas, o los copycat que se vestían como él y que traían el cabello desaliñado como él, pero que ni siquiera podían tocar “Polly”–, también me daba vueltas en la cabeza. 

Me obsesionaba la música de Nirvana y me intrigaba Kurt Cobain. No entendía por qué había decidido terminar con su vida, cuando se encontraba en la cima del éxito y acababa de convertirse en papá. 

También estaba obsesionado en tener una guitarra eléctrica como la suya y en aprender a tocar “About A Girl” y Aneurysm”. Obviamente, quería formar una banda y convertirme en una estrella de rock.    

La prepa en la que estudié está a unas cuadras de La Merced, y a unos metros de La Merced había un Discolandia. A veces, entre clases, si ya nos habíamos aburrido de jugar futbol todo el día, algunos de mis compañeros (a los que les gustaban U2 y Caifanes) y yo, nos dábamos una escapada a esa tienda de discos.

Cierto día, un amigo y yo fuimos a Discolandia. 

Tenía suficiente dinero ahorrado para comprarme un CD –no trabajaba, pero mis papás me daban una mesada que me alcanzaba para los pasajes y para comprarme ocasionalmente alguna cosa para comer en la calle– y había planeado durante varias semanas ir a la tienda de música a comprar un álbum.

Originalmente, quería comprarme Appetite For Destruction en CD –a diferencia del cassette que tenía, el CD traía un “bonus track” de un cover de Rolling Stones–, pero cuando llegué al Discolandia vi el Incesticide y decidí comprarlo.

Me llamó la atención la portada del álbum. No sabía que era una pintura hecha por Kurt Cobain, pero, sin duda, era una portada muy distinta a las portadas de Bleach, de Nevermind o del MTV Unplugged In New York.

Le eché un vistazo a la contraportada, vi el pato de juguete que aparece allí y leí el nombre de las canciones. Entre otras canciones, el álbum traía “Aneurysm”, una versión new wave de “Polly”, “Been A Son” y “Sliver”.

Más o menos sabía de la existencia de algunas de las canciones y también sabía que ése realmente no era el tercer álbum de estudio de Nirvana, sino que era un álbum de lados B y que Dave Grohl ni siquiera tocaba todas las baterías en todas las canciones, pero estos detalles no me parecieron negativos.

Sin embargo, cuando pagué el álbum y lo metí en mi mochila y volví a la prepa con mi compañero, mientras él iba platicándome algunas cosas de Kurt Cobain y de Axl Rose, yo iba preguntándome si ésa había sido la mejor decisión. 

Temía arrepentirme. Pensaba que podría haber comprado otro de los álbumes de Nirvana que también estaban disponibles en la tienda, pero no me arrepentí. En cuanto llegué a la casa, después de todas las clases que se suponía que debía haber tomado, puse el CD en el reproductor y escuché “Aneurysm”. No sé cuántas veces la escuché, pero debieron de ser muchas.  

Mientras llego a este párrafo, suena “Aneurysm” en la grabadora. Me cuesta trabajo creer que estoy escuchando ese mismo CD que compré hace más de veinte años en una tienda de discos que estaba cerca de La Merced. 

La música me transporta a aquella mañana y me pregunto cuántas cosas ocurrieron de un modo distinto al modo en que las recuerdo.