jueves, 1 de abril de 2021

silvia


Todos estamos reunidos en la casa de mis padres. Es Navidad. Mi primo y tú llegan a saludar, cuando yo estoy pensando de qué manera evitaré hablar con la tía que ha venido a visitarnos desde Estados Unidos. Ella no sólo me ve como un niño –¡no sabe que ya estoy a unos meses de salir de la secundaria!–, sino que despide un aroma extraño, como a crema para la piel de señora mayor que no tolero. 

Todos nos damos cuenta de que estás embarazada. La impresión que provoca vértigo. Primero me siento profundamente atraído hacia a ti –serás la primera mujer embarazada que me atrae de este modo– y luego siento una profunda envidia hacia mi primo. ¡Cómo es posible que él te haya enamorado! 

A más de veintitantos años de distancia, mientras aporreo el teclado de la computadora, intento ignorar la áspera sensación de mis uñas que están creciendo y escucho una canción que me remontó a estos recuerdos, me pregunto si te habrías enamorado de mí, si me hubieras conocido unos tres o cuatro años más grande. (Probablemente, no; incluso tres o cuatro años más grande, no me parecía al adulto precoz que ya era mi primo por entonces.)

Te observo desde un rincón de la casa y mi corazón es una tormenta. No sabes que te observo en secreto. Mucho menos sabes que he pensado en ti desde que te conocí, desde aquel día en el que mi primo y tú llegaron a la casa de los abuelos, un domingo cualquiera. Mi primo nos presentó –yo veía algún programa de televisión sobre el mundial de futbol que comenzaría en el verano del año siguiente– y me diste un beso en la mejilla y me diste la mano.

Sonreías ampliamente y tu cabellera rizada tenía un poder electrizante. Tu dentadura y el carmín de tus labios pintados me deslumbraron. Tu cuerpo tenía un poder hipnótico. Entonces no sabía que tenías apenas tres años más que yo. Parecías tan mayor. 

Dijiste “hola” de un modo tan amable. Tu voz naufragó en mis oídos como un sonido doloroso y frágil, lleno de misterio y éxtasis contenido. 

Desde ese día, me hiciste pensar en cuánto cambiaría mi vida con una novia como tú.  
Ninguna de las compañeras de la secundaria era tan atractiva como tú, ni tenía ese aire de mujer mayor que tú tenías. 

Conforme salías de la habitación en la que yo veía la televisión, la ecuanimidad que había aparentado me abandonó. Deseaba besarte y acariciar tus manos hasta perder la capacidad de sentir mi propia piel. Deseaba perderme en tus ojos y sumergir mis manos púberes en tu cabellera rizada.  

Te observo e intento desasirme del penetrante aroma de crema de señora de la tía de Estados Unidos. Te veo tan natural y tan hermosa y tan frágil y tan embarazada, que envidio profundamente a mi primo. Pienso que es un idiota con suerte y que te impresionaron su estatura –¡mide más de dos metros!– y su independencia y su carácter explosivo y desmadroso. Pienso que jamás podría convertirme en él. Pienso que serás mi amor imposible. 

Escucho que mi primo le dice a mi papá que irán a casa de tus papás a cenar y que sólo pasaron a saludar. La noticia estruja mi corazón. Un escalofrío recorre mi columna vertebral y casi soy capaz de verme desde fuera, como si me hubiera desdoblado repentinamente y como si fuera posible verme a mí mismo en esa estancia, mientras también soy un espectro que flota y que chorrea ectoplasma.

Casi pierdo el sentido y veo cómo el espectro en el que me he convertido, arranca mi corazón y lo exhibe frente a mí y me permite ver que mi corazón se ha convertido en una pelota informe de papel arrugado que estuvo varios siglos en las profundidades del mar. 

Mi corazón es un asco y pienso que tendré que aprovechar el tiempo que estés en la casa. 
Soy tan tímido y tu belleza me impone tanto que sé que no podré articular ninguna frase inteligente si me acerco a ti. Mi corazón deja sus atavíos de papel arrugado y se convierte de nuevo en una tormenta. Me pregunto cómo podré acercarme a ti y cómo podré ocultar mi nerviosismo y cómo podré hacerte sonreír. 

Tan sólo han transcurrido algunos minutos. 
Mi primo y tú caminan hacia la cocina. Por alguna razón, le has simpatizado a mi mamá –décadas más adelante, repararé en este recuerdo y me preguntaré por qué mi mamá no tiene la misma simpatía hacia el amor de mi vida– y quieres platicar con ella. 

Me transformo en un adolescente ecuánime una vez más y domino el temblor de mis piernas y la agitación de mi corazón, y camino hacia la cocina. ¿Qué te diré cuando esté frente a ti? ¿Qué le diré a mi primo, para que no sea obvio que quien me interesa eres tú? ¿Será tan obvio mi comportamiento? ¿Sabrán él y tú que tú me encantas...?

Allí estás, junto al refrigerador, de pie. Otra vez tu cabellera rizada y tus labios y tu sonrisa y tu voz que es como un alfiler que pincha mi alma, como las agujas de las tornamesas que hacen explotar a la música contagiosa. Me encantas, Silvia. 

Observo con el rabillo del ojo tu vientre. Le dices a mi mamá que será un niño y que le van a poner el nombre de mi primo y que esperas dar a luz en el primer trimestre de 1994. Tu vientre, así como tu sonrisa, ejerce un efecto embriagador en mí. Me pareces tan humana y tan compleja y tan salvaje –en el sentido más biológico posible–, que no puedo evitar imaginarme cuántas veces han tenido relaciones sexuales mi primo y tú. 

La idea me provoca vértigo y me hace sentir miserable. Por un momento, soy optimista y me pongo a pensar que soy más joven que ustedes dos y que mi vida adulta ni siquiera está a la vuelta de la esquina y que es probable que conoceré a la mujer indicada y que ella y yo nos enamoraremos y que nos reproduciremos... 

No se me ocurre que, a pesar de que conoceré a una mujer más hermosa que tú, me la pasaré sobre analizando los pros y los contras de tener un hijo y que los años pasarán y que yo evitaré ver a la mujer de mis sueños encinta y que me privaré de experimentar esas sensaciones que evocaba tu rostro en la cocina de la casa de mis padres.

martes, 23 de marzo de 2021

23 de marzo de 1994

Mi mamá y mis hermanos miraban la televisión y yo fingía estar terminando una tarea irrelevante de un taller de dibujo, sentado en la alfombra de la sala y con los codos apoyados en la mesa de centro. Aborrecía ese taller y no hallaba el momento de salir de la secundaria para librarme de él. 

De pronto, la programación habitual de la televisión fue interrumpida y el rostro de Jacobo Zabludovksy apareció en la pantalla como una epifanía de la muerte. Él estaba en el mismo foro en el que daba las noticias por la noche y adoptó un aire solemne. Vestía como siempre: una camisa, una corbata y un saco. Tras un breve saludo, se ajustó las gafas, se acomodó en su asiento y dijo que acababan de dispararle a Luis Donaldo Colosio en Lomas Taurinas. También dijo que, según sus informantes, el candidato del PRI a la presidencia se encontraba en estado crítico en algún hospital de Tijuana. Acto seguido, se comunicó vía telefónica con Talina Fernández –que residía en Tijuana– y comenzó a preguntarle qué había ocurrido. Talina Fernández estaba muy consternada y habló atropelladamente. Jacobo se impacientó y le pidió que no se separara del candidato a la presidencia, para mantener a la audiencia al tanto de su salud. 

El programa se extendió por varias horas. Creo que hasta mi papá volvió del trabajo y el programa continuaba. Talina Fernández hizo varios enlaces con Jacobo, y algunas veces decía que Colosio se encontraba en buenas manos y que los médicos estaban haciendo todo lo posible para mantenerlo con vida y otras veces decía que había recibido tres o cuatro impactos de bala en el cerebro y que estaba al borde de la muerte. 

En algún momento de la transmisión, comenzaron a pasar un video del atentado. Apenas duraba unos cuantos minutos, pero eran suficientes para observar que Colosio estaba en un lugar peligroso y que no tenía una buena protección. Mientras él caminaba por una calle sin pavimentar y se dirigía a la camioneta que lo llevaría a otro mitin, un montón de personas lo rodeaban. La mayoría de la gente parecía admirarlo y parecía que deseaban acercarse a él y estrechar al menos una de sus manos. 

En el instante en el que un desconocido se acercaba al político por la espalda y en unos cuantos segundos le ponía una pistola en la cabeza y le disparaba, sonaba el coro de una canción que decía “¡Ay, la culebra!”.

El video continuaba hasta que la gente y los escoltas de Colosio tomaban al supuesto asesino. En unas cuantas horas, vi tantas veces el video que me aprendí el coro de esa canción y que memoricé el ritmo de la canción.  

Aun cuando fue un evento muy impresionante, lo único que me preocupaba era que tenía que cortar con mi novia y tenía que decirle que ya no volveríamos a vernos después del verano. Hace 27 años de esto. 

domingo, 21 de marzo de 2021

barquillo



Ayer salimos a la calle. A unos tres o cinco kilómetros de la casa hay una nevería que nos gusta. La conocimos a las pocas semanas de habernos mudado a Lerma y durante la huelga la visitábamos con frecuencia. La caminata desde la casa nos servía para distraernos de la realidad –teníamos que pedir dinero prestado para sobrevivir, y cada mes que pasaba era más complicado que el anterior– y aprovechábamos para probar la variedad de sabores de las nieves. Después de la huelga y durante la pandemia dejamos de ir a la nevería, pero el sábado pasado volvimos a ir. Compramos medio litro de nieve de frutos rojos y medio litro de nieve de cereza. 

En comparación con la semana pasada, había más gente en la calle. Por la avenida circulaban más vehículos, en la entrada del fraccionamiento había más gente que en otras ocasiones y en la pequeña plaza en la que está la nevería también había más gente. Compramos medio litro de nieve de cajeta, medio litro de nieve de limón y dos barquillos. Cuando volvimos a la casa, me comí un helado de nieve de limón. La nieve estaba ácida, pero tenía un buen sabor. Me acabé el helado rápidamente y empecé a tener síntomas de reflujo. Cuando comí, el malestar pasó. Por la noche se me ocurrió tomarme una Coca-cola y comerme unas Chips con limón, y empecé a producir mucha flema, como si de repente me hubiera acatarrado. Las flemas se acumulaban en la garganta y me impedían respirar con facilidad. Después de algunos minutos, me sentí mejor, pero no cené más que un par de rebanadas de jamón (el ayuno prolongado también me provoca reflujo). Dormí bien y estoy despierto desde hace más de una hora. Ya alimenté a los gatos, ya comí un puño de pasas y ya tomé agua, pero estoy sintiéndome mal. Mientras el ácido sabor de la nieve de limón absorbe todos mis sentidos, tengo la sensación de que devolveré el estómago, tengo la sensación de que me acaban de sacar el aire con un puñetazo en el estómago, tengo la sensación de que comenzaré a toser incontroladamente, tengo la sensación de que una fría corriente de aire que recorre mi esófago acabará acumulándose en mi garganta y tengo la sensación de que no podré tragar saliva y de que me pondré paranoico.