miércoles, 9 de marzo de 2022

el pinchazo



Las tripas, para variar, gruñen. Parece que he estado en ayuno toda una vida. El frío atraviesa mi piel, desde los dedos de los pies. No parece que la primavera esté por llegar, ni que esos días calurosos en los que la vida es como un enorme centro vacacional estén por llegar. 

Saco la libreta en la que llevo mis registros de glucemia desde julio del año pasado. Tomo una pluma del escritorio y anoto la fecha de hoy en la libreta. Saco de su estuche el glucómetro, el frasco con tiras reactivas y la lanceta. Tomo la lanceta y me pincho el índice derecho con mucha destreza –casi como una máquina diseñada con ese propósito–, y coloco la tira reactiva en el glucómetro y espero el bip bip del aparato que me dice cuándo debo depositar la gota de sangre en la tira reactiva. 

Al principio, en julio del año pasado, cuando comencé a medirme la glucosa en ayuno, cada vez que iba a pincharme un dedo resultaba escalofriante. La noche anterior estaba pensando cómo sería la sensación de pincharme el dedo. Cuando llegaba la hora, me ponía la lanceta sobre el dedo elegido para el sacrificio de sangre y me quedaba inmóvil e indeciso durante algunos segundos. No podía dejar de pensar en todas las posibilidades que detonaría el pinchazo. ¿Me dolería?, ¿me gustaría?, ¿sería como un ligero pellizco?, ¿sería como la última vez que me sacaron sangre y me dejaron un hematoma que me duró casi un mes...? Conforme iba sopesando todas estas posibilidades, mi cerebro también fabricaba una expectativa del pinchazo y me ponía un poco nervioso. 

Mientras me decidía a pincharme, me preguntaba cuánto me dolería y me preguntaba cómo podía haber gente que se acostumbraba a inyectarse opiáceos (o insulina) de manera intravenosa (o intramuscular), y entonces continuaba dilatando el pinchazo para postergar la oleada del dolor. Provocarme dolor voluntariamente, me hacía sentir aversión a mí mismo, como si este breve dolor fuera totalmente dañino y no tuviera ninguna relación con el daño que me provocaba a mí mismo cuando cada fin de semana bebía ingentes cantidades de alcohol y me comía una pizza familiar o un paquete familiar de hamburguesas yo solo; como si este breve dolor con fines terapéuticos y provocado por un breve pinchazo, fuera totalmente dañino y no tuviera ninguna relación con el daño que me provocaba cuando fumaba compulsivamente, incluso en ayuno o mientras caminaba del metro al laboratorio o del laboratorio a la facultad o mientras alimentaba a Gatusso cuando era un minino y Katz y yo teníamos que darle un biberón y cuando era mi turno lo sentaba en mis piernas y lo alimentaba y no dejaba de fumar. Ahora, pincharme cualquier dedo es un evento más sin importancia en mi día a día. 

La pantalla del glucómetro dice “112 mg/dL”, y es la medida más baja que he tenido desde el 19 de febrero, a pesar de que no cené nada saludable. 

Los párpados se me cierran. Tuve una mala noche. No descansé. Los gatos me robaron la almohada y mi cabeza fue invadida por todas las preocupaciones y enojos que me persiguieron durante el día. No entiendo la actitud de ciertas personas. No entiendo por qué debería estar preocupándome por los problemas de los demás. Yo mismo tengo mis propios problemas –por ejemplo, ¿qué voy a hacer dentro de tres meses?, ¿volveré a concursar con otras doce personas, con doctorado, con posdoctorado y que son miembros del SNI, como yo, para tener otro empleo fijo de tres meses?– y nunca estoy contándoselos a nadie. No entiendo a la gente. Trabajo más de lo necesario y busco cómo solucionar cualquier contratiempo, y me gusta lo que hago, pero tal parece que, si no te quejas de tu trabajo, la gente asume que no tienes problemas de ningún tipo y que te sobra el tiempo. Tampoco entiendo a las personas que asumen que ellas son las únicas que tienen ocupaciones (preocupaciones) y que todos los demás deben ayudarles cuando lo necesiten. 

Los dedos aporrean el teclado de la Mac. Mis uñas chocan contra el teclado. El contacto de las uñas con el teclado es desagradable. La sensación es tan intensa que no me deja concentrarme en otra cosa. Siempre me ha disgustado tener las uñas un poco largas. Me hacen sentir ajeno a mí mismo, como si las uñas largas fueran otro organismo independiente de mí mismo y como si mi sistema del tacto tuviera que supeditarse a ese organismo independiente para permitirme sentir. 

Desde hace casi dos semanas he estado estudiando sobre neurodesarrollo y no he podido enfocarme en otros temas que debo estudiar para impartir las tres clases que debo impartirles a 100 estudiantes cada semana. Tuve un par de sueños muy extraños, frío y dolor de estómago. Me gustaría escribir sobre ellos, pero debo volver a trabajar. 

viernes, 25 de febrero de 2022

las noticias buenas y las noticias malas vienen juntas


Después de casi dos meses en la incertidumbre, después de casi dos meses de estar considerando abandonar mi carrera académica definitivamente y buscar una actividad lucrativa en la que no tenga que estar persiguiendo contratos temporales cada tres o cuatro años, entre miércoles y jueves de esta semana me enteré que gané un concurso para impartir clases como profesor asociado durante los próximos tres meses. 

Concursamos 13 participantes. De acuerdo con el dictamen, todos cumplíamos con el perfil requerido y todos obtuvimos evaluaciones aprobatorias, pero yo gané porque obtuve el puntaje más alto. Es una situación aterradora. Me consta que, al menos otra concursante, tiene doctorado, posdoctorado y que es miembro del SNI, como yo. Supongo que varios de los participantes están más o menos en las mismas condiciones. Es ridículo y triste: vivimos en una sociedad en la que hay personas a las que les pagan miles de pesos por “analizar” partidos de futbol, por “hacer pronósticos” sobre partidos de futbol y por jugar futbol; o personas a las que les pagan por anunciar todo tipo de cosas en sus redes sociales: desde hojas de papel, para hacerte cortadas de papel, hasta curitas, para curarte las cortadas de papel que te hiciste con las hojas de papel que previamente te vendieron. 

Incluso alguno que otro estudiante despistado, cuando le he preguntado, en el contexto de la pandemia y de la vacuna contra el Covid-19, si es más importante un científico o un empresario, me ha dicho que el empresario es más importante que el científico: como si el empresario sólo tuviera que “donar” unos cuantos millones de dólares, para ir a la farmacia más cercana y comprarle al mundo la vacuna contra el Covid-19.  

(Quiero decir: necesitas científicos que creen y que desarrollen la vacuna en modelos animales y que luego hagan estudios piloto en humanos; el conocimiento detrás de la creación y del desarrollo de una vacuna no “aparece de la nada” en una farmacia.)

Como parte del concurso, el martes impartí una miniclase de 15 minutos ante la Comisión Dictaminadora. Tenía cita a las 12 y me habían pedido conectarme a Zoom diez minutos antes. Mi evaluación comenzó alrededor de las 12: 15. Probablemente esos 15 minutos de espera fueron los 15 minutos más largos que he vivido.

Al terminar mi evaluación, la Comisión me pidió estar al pendiente del dictamen en los medios oficiales de la universidad y me desconecté. 

Los 15 minutos de la evaluación se fueron muy rápido. Tenía la impresión de que apenas había podido decir dos o tres cosas que quería decir. Comencé a pensar en todas las cosas que había podido decir mejor, e imaginé que perdería el concurso y que, en los próximos días, debía buscar algún trabajo remunerado (en esta profesión, hay mucho trabajo por hacer, pero no necesariamente percibiendo un sueldo). 

Apenas salía de la sesión de Zoom, me metí a twitter y me enteré que Mark Lanegan acababa de morir. Todavía no lo proceso: la música de Lanegan ha estado en los momentos más difíciles y más felices de mi vida. En otro de mis blogs (en inglés) escribí hace dos años una entrada que pensaba compartirle a Mark Lanegan, sólo para que él supiera lo importante que ha sido su música para mí. 

(En diciembre del año pasado, publicó su segundo libro –Devil in a Coma– y allí relata su experiencia cercana con el Covid-19, que lo mantuvo en el hospital al borde de la muerte varios meses y que, aparentemente, está relacionado con su muerte; en alguna entrevista de principios del 2020, cuando la pandemia comenzaba, Lanegan declaró que él creía que el virus era un modo de manipulación y que estaba relacionado con las antenas satelitales y que había dejado de usar su teléfono celular).

Llegan noticias buenas (temporales) y llegan noticias malas. ¿Los aztecas eran quienes decían “victoria con muerte”?  

Por donde lo veas, el mundo es horrible. 

jueves, 17 de febrero de 2022

todo esto es innecesariamente estresante


Quisiera estar tumbado en la cama todo el día. La espera está volviéndome loco. La forma en la que ocurren las cosas está volviéndome loco. Pareciera que hice mal mi trabajo y que me despidieron, pareciera que todo esto es un castigo a mi mal desempeño, pero no: estos tres años hice miles de cosas que terminaron en 3 artículos –y hay otros 3 en revisión–, que abarcaron más de 3 horas de clase por semana para 50 alumnos en promedio, las Políticas Operativas y los Lineamientos Editoriales de un Consejo Editorial en el que fui coordinador durante dos años, varias visitas a otras instituciones en la Ciudad de México y en Querétaro, cotizaciones y coordinaciones de compra y traslado de equipos y reactivos nacionales e internacionales, redacción de más de dos minutas al mes de las reuniones de un Consorcio de Ciencia Básica, escritura de un documento de más de mil hojas con otros colegas para la acreditación de una licenciatura, varios cursos de dos o tres horas sobre TICs durante la pandemia, varias horas de edición de materiales didácticos para estudiantes durante la pandemia, varias horas en Zoom durante la pandemia, una nominación al Premio a la Docencia...

Todo esto es innecesariamente estresante. Por todas partes, todo mundo, me dice “tu situación laboral...” Como si no estuviera plenamente al tanto de que puedo estar sin empleo y sin trabajo fijo en los próximos cuatro meses, viviendo indefinidamente de mis ahorros, como ha pasado tantas y tantas veces en mi vida. Me siento infectado, señalado, de una enfermedad que contraje por descuido. 

Siento que fallé y que estoy pagando las consecuencias, pero mi currículum avala mi experiencia, compromiso y responsabilidad. No me veo trabajando en cualquier cosa que no esté relacionada con lo que sé hacer. Mi vida es un asco.